El Valle de Tulum afronta en determinadas épocas del año la contaminación de su ambiente, a consecuencia de gente desaprensiva y que no es debidamente controlada por las autoridades, sancionando a los infractores.

El humo de las quemazones de pastizales originadas en forma casual o intencional; las emanaciones de cauces por donde se canalizan efluentes de bodegas y otros establecimientos industriales; nubes de cal y arena desde las procesadoras radicadas junto a las principales rutas troncales y los efluentes cloacales tratados en la planta cercana al Arroyo Los Tapones y luego volcados al Río San Juan, por donde desde hace un tiempo no corre la dotación de agua, son algunas de las formas de contaminación que afectan seriamente a determinados lugares, perjudicando la calidad de vida de la población.

La situación es preocupante si consideramos que en el Valle de Tulum se encuentra el principal asentamiento poblacional de nuestra provincia, además de sus propias características al estar rodeado de montañas que le dan condiciones ambientales exclusivas propicias para que la polución que se pueda producir perdure considerablemente al tener muy pocas vías de escape.

Una adecuada política de control que ayude a determinar quienes son los responsables de esos focos de contaminación y el asesoramiento convenientemente para evitar que sigan con sus prácticas habituales, podría ayudar a que este deterioro no continúe creciendo salvaguardando las condiciones ambientales para la generaciones futuras.

Medidas concretas como la de la instalación en Rivadavia de la planta de procesamiento de residuos sólidos urbanos, o como la colocación de los filtros a los hornos a la fábrica electrometalúrgica que funciona en Chimbas, son acciones que ayudan a preservar el ambiente haciendo posible que las poblaciones radicadas en las inmediaciones puedan continuar desarrollando su vida en forma normal y sin ningún peligro para su salud.

Como se ha señalado en numerosas ocasiones, en nuestra provincia no disponemos de mucho espacio para el desarrollo de la vida humana, ya que la mayor parte de su superficie -más del 90 por ciento- son montañas y áreas inhóspitas en los que el hombre no puede radicarse para vivir, ni realizar actividades agrícolas, excepto la ganadería caprina, que le ayuden a garantizar su subsistencia.