Que en pleno siglo XXI, un hombre muera por realizar una extensa huelga de hambre, siempre va a resultar un duro golpe a los más elementales principios de la condición humana. Es el caso del opositor cubano Orlando Zapata Tamayo, detenido desde 2006, quien murió en un hospital de La Habana, tras una huelga de hambre de 85 días para pedir que se lo tratara como "prisionero de conciencia". Este albañil de 44 años era miembro del movimiento opositor Alternativa Republicana y estaba reconocido como preso de conciencia por Amnistía Internacional. Formaba parte del grupo de 75 disidentes condenados en 2003 con penas de hasta 28 años de cárcel. Había sido detenido y condenado a 18 años de cárcel por desacato, desorden público y desorden en establecimientos penitenciarios. En prisión su condena fue duplicada.
Se observa con claridad que el implacable poder del régimen cubano es abiertamente inhumano. Esta muerte tiene un simbolismo demasiado grande: se ha dejado extinguir la vida de uno de los más de 200 presos de conciencia que se encuentran en cárceles cubanas. No es la primera vez que en cárceles de Cuba, producto de una huelga de hambre, muere un opositor. Ya el 24 de mayo de 1972 el líder estudiantil Pedro Luis Boitel, ex compañero de Fidel Castro, falleció por la misma causa.
Desde el gobierno de Eduardo Duhalde, la Argentina se abstuvo de condenar la violación de los derechos humanos de Cuba en el seno de las Naciones Unidas, lo cual no parece razonable. Hay sólo tres maneras de tomar una decisión como ésta: desde el idealismo, desde el realismo o desde el pragmatismo. Desde el idealismo, nada parece más elevado que hacer respetar los derechos humanos, no importa quién gobierne. Desde el realismo, nada parece más conveniente que acompañar el consenso generalizado de las sociedades democráticas del mundo. Y desde el pragmatismo, nada peor que exhibir un doble código, para adentro o para afuera, con dictadores amigos o no tanto.
La realidad es que en Cuba hay un pueblo ansioso de libertad que continúa siendo sometido a un feroz despotismo, y esto es siempre condenable. Mahatma Gandhi dijo que las huelgas de hambre son un medio efectivo cuando logran doblegar el corazón de los enemigos, pero en el caso de Orlando Zapata Montoya parece que este instrumento pacífico no fue suficiente.
