Ayer, en la vigilia del II Domingo de Pascua, ante la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, el Papa entregó a los arciprestes de las basílicas papales, y a algunos representantes de la Iglesia dispersa por el mundo, la Bula "Misericordiae Vultus" (Rostro de misericordia) de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Este 29º Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 2015 y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo del perdón del Padre. Es que, como afirma Francisco en la Exhortación apostólica "Evangelii gaudium", n. 114: "La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio".

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, aparece la primera comunidad creyente, encerrada. Se habían enclaustrado por miedo a los judíos. El miedo es la parálisis de la vida. Lo que abre el futuro y permite recomenzar siempre la vida, son los encuentros. La Iglesia jamás debe cerrar las puertas, tapiar los ingresos, enrejar sus ventanales. Es lo que el Papa nos pedía siempre a los sacerdotes cuando era arzobispo de Buenos Aires, y ahora lo repite en la Exhortación apostólica "Evangelii gaudium" n. 49: "Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos".

En el centro de esta nueva aparición como Resucitado se encuentran sus llagas. Sobre su cuerpo glorioso y transfigurado se contemplan esas heridas cicatrizadas y luminosas, que constituyen el alfabeto del amor. Él ya las enseñó la primera vez que se mostró a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero el apóstol Tomás en aquel atardecer, no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el Cenáculo, en medio de los discípulos: Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, no las tocó, sino que se arrodilló delante de Jesús y dijo: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28). Se trata de un reconocimiento pleno, el más alto y explícito de todo el Evangelio. La confesión de Tomás no expresa sólo el reconocimiento sino también la pertenencia sin rodeos. No dice "Señor Dios", sino "El Señor mío y el Dios mío". La presencia del artículo en el texto griego sugiere la totalidad de pertenencia. Se podría parafrasear así: "Tú eres mi único Señor y mi único Dios". Tomás ha conocido la duda, pero ésta no le ha impedido llegar, el primero entre los apóstoles, a una fe plena. Las llagas de Jesús son un "escándalo para la fe", pero son también la "comprobación de la fe". Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen sino que permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: "Sus heridas nos han curado", (1 Pe 2,24; cf. Is 53,5). El Crucificado-Resucitado no permanece lejos de su Iglesia, sino que viene y se coloca en medio de aquella primitiva comunidad, donando el Espíritu Santo. La comunidad creyente no es el lugar del "yo" y del "tú" solamente. Hay un tercero que es el Espíritu que crea y recrea, el cual es ofrecido por él: "Recibid el Espíritu Santo. Aquellos a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retengan les serán retenidos". Su método no consiste en proponer el ideal perfecto o subrayar nuestra lejanía del proyecto. A quien siente miedo le regala su paz; a quien le cuesta creer le ofrece una nueva posibilidad; y a quien se encuentra sumido en sus faltas lo baña con su perdón. Su método humanísimo, que reconforta la vida, está en abrir caminos a quienes viven la angustia, la duda sistemática o el dolor por su pecado. Un primer paso es siempre posible para todos, sin exclusión. Su paz no es un augurio, sino un don. A Tomás lo había educado en la libertad interior, en el disenso, en el coraje y en la gran humanidad. Para hacerlo más grande aún, le respeta sus tiempos, y en vez de imponerse se propone, en lugar de acusarlo lo salva. En la Iglesia no faltan quienes siguen la lógica de la sola y fría ortodoxia; pero la lógica de Dios es otra. Es la que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio. La primera, margina. La segunda, integra. La misericordia siempre es heterodoxa, porque va más allá de las estrecheces humanas del legalismo farisaico. Es que se perdona mientras se ama.