El 53 por ciento de jóvenes, entre 18 y 19 años, se emborrachó en mayo último, según una encuesta de la consultora "Programar Proyectos Educativos", especializada en estrategias para la calidad de vida. El relevamiento alcanzó a 5000 entrevistados.
El estudio de la encuestadora detectó que el consumo de bebidas alcohólicas aumenta con la edad y se intensifica en los varones que se inician a temprana edad. En el mes pasado, el 40% de los alumnos de séptimo grado consumió alcohol. Para el mismo período, el porcentaje aumenta progresivamente en cada nivel del secundario: en quinto año, el 40% del alumnado estuvo borracho y el 98% admitió haber consumido alcohol. El alza del consumo del alcohol en la población juvenil y escolar, desde edades muy tempranas, más el aumento de las situaciones de embriaguez, muestra una realidad anormal que en forma rápida ha desbordado modos tradicionales de prevención y control, y que representa la puerta de acceso a las otras amenazas de dependencia de sustancias psicoactivas. El alcoholismo, el tabaquismo y la drogadicción son tres epidemias contemporáneas que afectan de modo muy especial a la juventud, el segmento más vulnerable de la sociedad.
En el verano pasado, las guardias de los hospitales de Mar del Plata y otras ciudades balnearias registraron un 71% más de ingresos que en la temporada anterior por consumo excesivo de alcohol, según un relevamiento realizado entre enero y la primera quincena de febrero por el Ministerio de Salud bonaerense. No se trata de un dato menor. La Organización Mundial de la Salud (OMS), señala al alcohol como tercer factor de riesgo de muerte e incapacidad en Europa.
Entre los jóvenes se ha convertido en el primero, con 55.000 decesos por año de personas entre 15 y 29 años; esto se debe, en particular, a los accidentes de tránsito. En todo el mundo es el quinto factor de muerte prematura y de discapacidad, y provoca el 4,4% de la carga mundial de morbilidad por la asociación entre su consumo y unas 60 enfermedades. Resulta alarmante, entonces, que el consumo crezca en la Argentina y que, a la luz de estas preocupantes estadísticas, no se note un esfuerzo en la prevención.
Habría que preguntarse qué ocurre con la educación y los controles que se supone ejercen los padres, ante todo; los directivos y los docentes en los colegios, en segundo lugar, y finalmente las autoridades que deben hacer cumplir las normas que prohiben y castigan el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad.
