Según las estadísticas, en la Argentina hay entre 15 y 20 casos diarios de pornografía infantil. La ONG Alerta Vida, que trabaja con casos de ‘grooming’, término internacional que define el acoso a menores por Internet y por otros medios electrónicos, hizo un estudio en 2015 y detectó que en el país siete de cada diez chicos sufrieron algún tipo de acoso virtual mientras navegaban por las redes sociales.
Los expertos consideran que el ‘grooming’ es la puerta de entrada a delitos sexuales más graves. Si bien la pedofilia existió siempre, Internet la ha potenciado exponencialmente. La ONG Chicos.net realizó una investigación sobre las actitudes de los padres respecto del control de sus hijos en las redes sociales. Entre los resultados, el 85% de los padres argentinos dijo que se siente preparado para lidiar con los riesgos que puedan sufrir sus hijos en Internet.
En la mayoría de los casos en que los padres establecen pautas sobre el uso de Internet con sus hijos, éstas tienen que ver con el tipo de contenido permitido y la cantidad de tiempo, normas que pierden efectividad cuando el chico accede a Internet desde su propio celular. Incluso la aparición de las cámaras de fotos digitales posibilitó que cualquiera pudiera producir pornografía: es decir, ya no hay trabas de casi ningún tipo para su producción y, por ende, para su consumo.
Afortunadamente, también la tecnología puede ser usada para detectar no sólo a acosadores solitarios, sino también a organizaciones que operan a nivel nacional e internacional. Sin embargo, pueden surgir impedimentos para actuar a fondo o de manera más concluyente.
El Congreso sancionó en 2013 la ley contra el ‘grooming”, y convirtió en delito el acoso sexual a menores por Internet y por otros medios electrónicos. Por esa figura, ya hay 200 causas penales. Las denuncias son muchas más. El papel de los mayores es, una vez más, irreemplazable. No se trata, por supuesto, de impedir que los niños y adolescentes usen las redes sociales, pero la mejor manera de lograr que nada ocurra es escuchar y hablar mucho con los hijos sobre los riesgos que entraña su uso.
La experiencia internacional y ahora en el orden local demuestra que la pornografía infantil, que muchas veces deriva en explotación sexual, debe ser encarada con la misma seriedad y diligencia que los casos de narcotráfico.
