Como era su costumbre, el Toti tiró las piedras de la payana bien alto, y las recogió en el dorso de su mano con destreza. Nosotros le decíamos que era un fanfarrón, hasta que el más grande del grupo, con veleidades de poeta, nos corrigió que mientras más alto llegaran las piedras estarían más cerca del cielo.

Es raro que no haya venido ya el Zonda, comentó casi con distracción el Enrique. No falla nunca. Y recogió las cuadradas piedras que le dejara el Toti; las tiró alto, pero cuando cayeron fueron desparramo, salvo una que aprisionó para el menguado honor. Tarde era ya, nochecita casi. El afilador retornaba al hogar con la música de su flautita acurrucada entre trapos cortajeados. El último en pasar fue el chileno Fuente Vera, como con la cola entre las piernas, derrapando en la pared de enfrente para que los muchachos no se percataran de él y volvieran a cargarlo. Pero no: "¡levadura de papa!”, le volvieron a gritar, y este hombrecito gris de la bolsita gris y vestimenta gris balbuceó un insulto, y fue peor, las chanzas se ensañaron con él.

¡No puede ser lo del Zonda! ¿A vos que te parece, Hugo? ¿Y yo que sé?, se escuchó a media lengua. Te juro que no me voy si no llega el Zonda, dijo el Enrique, y fue mirado con curiosidad, mientras recogíamos las piedritas del suelo y nos decidíamos a poner violín en bolsa. Fue cuando llegó la Martha, que gritó afiebrada: "el Zonda no vendrá”. Estás loca, le dijimos, no falla nunca; ¿por qué asegurás eso? Porque ha quedado detenido en el baldío que está pegado a la Iglesia, gritó. La miramos con desconfianza y soltamos la risa. Nos gritó que no nos riéramos; que -guste o no- no vendría el linyera que habíamos aprendido a querer, a quien apodamos El Zonda, aquel que pasaba todas las tardecitas con el pelo revuelto de cenizas y yuyos y los ojos encendidos, nos miraba como si no nos mirara, arrastraba la bolsita de viejo hule cargada de miserias y nadas y sin decir palabra (nunca le escuchamos la voz) seguía camino del oeste. Agregó Martha, entre empujones de lágrimas adolescentes, que el pobre había caído muerto en el baldío. Hasta allí llegamos. En una mano abierta se le había volado la vida con todo el repertorio de alas imposibles y carencias, y en el otro puño cerrado aprisionaba la muerte, única conquista. Le habían quedado los ojos mirando vaya uno a saber qué, porque los ojos muertos no miran hacia fuera. Estábamos ante esas cosas que a un chico lo atacan sin aviso, esos atajos de la vida que nos ha sido dada para eso, para descubrir costados y repliegues, para asombrarnos, para sufrir, para amar.

Velorio barrial armamos, sin darnos cuenta. En la escena nos quedamos amarrados al dolor y la sorpresa. La noche vino en carroza de piedad. Ahora era muy difícil irse de allí. El más grande del grupo susurró por lo bajo: "Toti, tirá las piedras bien alto”.

(*) Escritor, Abogado, compositor, intérprete.