Suena la bandita y el vecindario se asoma curioso y amable. Su mensaje latoso parece extraído de algún cuento de Disney narrado con dibujos. En el frente de la casa del largo barrio de casas enfiladas, post terremoto, hacemos vibrar su sones todos los atardeceres, cuando el picadito en la antigua cancha de básquet del estadio que luego fuera el “Aldo Cantón” ha cesado acorralado por las primeras sombras y se nos impone el momento de la música. Bueno, música es un decir, porque casi todo es percusión, salvo la caña del baldío que sajé levemente y a la que le coloqué en esa herida un papel de seda, como vi que hacían algunos integrantes de comparsas del Carnaval, y lo demás lo hago a pura inspiración de melodías. Y Hugo que se ha posesionado, hechizado, del tamborcito de lata que le regalara el tío Antonio y al que le saca ritmos de moda. Y el Daniel Turón, vecino nuestro que luego fuera periodista de DIARIO DE CUYO, que castiga su pandereta. Y el Enrique Ferres, padre del actual bandoneón de Bajo Fondo, Martín Ferres, compañero del básquet y también vecino, que agita las humildes maracas que no me acuerdo de donde salieron.
Un día se detuvo en la casa un Sr. Ponte, dirigente del Club Obras Sanitarias, y nos contó que todos los días, al pasar, veía ensayar a la bandita; entonces nos propuso actuar en una fiesta aniversario del club. Y los muy osados “músicos” de tan pocos años (no recuerdo cuántos, pero muy escasos), se animaron. Y tocaron en la fiesta aniversario ante el estupor de un público que premió con simpatía la extraña formación.

por un itinerario de zambas y valses azules infinitos.”
Y fue así que más adelante y cuando ya algo canturreábamos, Ponte nos invitó, esta vez al dúo, a cantar en otro aniversario de Obras. Cuando estábamos interpretando La Pulpera de Santa Lucía, aquella rubia de ojos celestes que cantaba como una calandria, el escenario se vino abajo con nosotros y los guitarristas adentro, felizmente sin consecuencias. Y la blonda heroína del maravilloso vals de Blomberg y Maciel, acuñado en plena época de las crueles mazorcas de Rosas e inmortalizado por Ignacio Corcini, seguramente sufrió y aprovechó para llorar cuando en su bella historia de amores y sangre “la llevó un payador mazorquero…”; por eso “ya no alumbran sus ojos celestes”.
Todo quedó entrelazado para siempre en un pasado de epopeyas e infancia forjados a fuego. Hugo seguramente sigue arrancando sones a su tamborcito de lata, por un itinerario de zambas y valses azules infinitos. La gran parábola de la vida no se detiene. Lo que ayer fue música no puede morir y vuelve a nacer en pentagramas del mundo. Lo que ayer fuera inofensivos sueños y juegos encantados, retorna a comarcas de luz, como corresponde a todo lo bien parido.
