Malala Yousafzai, chica paquistaní que fue víctima de un atentado talibán cuando tenía 12 años, y el hindú Kailash Satyarthi, activista de 60 años, obtuvieron el reconocimiento debido a su compromiso para defender los derechos de los niños, empezando por el derecho a la educación.

El premio fue un impulso para un cambio real. Sobre todo en relación con la condición de las mujeres, en sociedades rígidamente machistas, y con el respeto de los derechos de la infancia. El motivo de esta decisión, se lee en la nota de los Nobel: "Los niños deben poder ir a la escuela y no ser explotados por dinero. En los países más pobres del mundo, el 60% de la población tiene menos de 25 años de edad y es un prerrequisito para el desarrollo pacífico del mundo que los derechos de los niños y de los jóvenes sean respetados”.

Cuando Malala cumplió 16 años, lo hizo en la ONU, el 12 de julio de 2012. Allí afirmó que "cincuenta y siete millones de niños tienen necesidad de nuestra ayuda, y no piden un iPad o un iPhone, sino un libro y una lapicera”. Explicó que bastan estos dos simples objetos para "cambiar el mundo”. El año pasado en Estrasburgo, Francia, ante el Parlamento Europeo y al recibir el premio Shakarov para los derechos humanos, pidió a la Unión Europea trabajar más para que los niños del mundo que han sido abandonados, puedan leer y escribir. Fue un llamado a los países occidentales para que ayuden a los asiáticos, entre los cuales está Pakistán, donde Malala ha defendido los derechos de las jóvenes para que vayan a la escuela, desafiando a los talibanes y sobreviviendo a un gravísimo atentado en octubre de 2012.

En aquella ocasión, sonriente y segura de sí misma, inició su discurso con una frase atribuida al escritor y filósofo francés Voltaire: "No estoy de acuerdo con aquello que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Por su parte, Satyarthi, activo en los años ’90 en la lucha contra la explotación y el trabajo infantil, ha realizado diversas formas de protestas pacíficas. Su organización ha permitido liberar a 80.000 niños de la esclavitud, favoreciendo su reintegración social y ha contribuido al desarrollo de importantes convenciones para los derechos de los niños.

Una vez más es ocasión para recordar que no basta con hablar de paz. Se debe creer en ella y trabajar para conseguirla.