El Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 fue presentado en la localidad jujeña de Humahuaca, como "el más inclusivo de la historia", aunque la realidad muestra otra cosa. Cada vez más personas expresan su desconfianza y temor frente a la posibilidad de que se presenten encuestadores falsos el 27 de este mes y ser víctimas de la inseguridad.

Esta situación se advierte especialmente en los grandes centros urbanos, como la Capital y el Gran Buenos Aires. A diferencia de ocasiones anteriores, en la que los censistas eran hasta agasajados por los dueños de casa, que vivían el censo como un deber que los hacía sentir orgullosos de haber participado en la encuesta, este año, la creciente inseguridad y el descrédito del INDEC hacen que la gente no tenga disposición suficiente para colaborar en un objetivo que debería ayudar para la implementación y el desarrollo de políticas públicas y privadas.

Mediante los censos, un país reúne información sobre aspectos demográficos, sociales y habitacionales. En esta oportunidad, a los datos habituales se sumarán preguntas destinadas a saber cuántas personas provienen de pueblos originarios, son afrodescendientes o tienen algún tipo de discapacidad. La consulta será confidencial, y sólo bastará con dar el nombre.

Pero hoy, quien golpea a la puerta, ya no es visto como un compatriota que cumple con su trabajo, sino como un desconocido, y por lo tanto, potencialmente peligroso. Nos ha ganado el miedo, y se piensa que el Estado no protege a los ciudadanos como debería hacerlo. Cuando demuestra fallas en su función de brindar seguridad se produce un sentimiento generalizado de desamparo que genera la búsqueda de soluciones personales, donde cada uno se defiende como puede.

También el descrédito de la política como instrumento para generar cambios sociales vuelve a las personas hacia sí mismas o hacia sus grupos de pertenencia, aumentando así la fragmentación social.

En una democracia el pueblo delega en el Estado el poder y la administración de los bienes comunes en beneficio de todos. Si la credencial representa hoy instituciones en muchos casos vacías de contenidos éticos y los símbolos patrios son más bien una imagen olvidada y no elementos para expresar la identidad, no es de extrañarse que los demás pasen a ser desconocidos y peligrosos.

Es de esperar que el Gobierno extreme las medidas de seguridad para que la ciudadanía aporte su disponibilidad dejando de lado la reticencia a responder.