La docente entró aquella tarde al aula adelantando que nos hablaría de un tema polémico. La posibilidad de la existencia de un Ser creador del universo. La Metafísica, dijo, lo define como primer motor inmóvil, mientras que la Religión le llama Dios. Estábamos en quinto año del secundario. Era un colegio laico. Respetuosa de nuestras distintas miradas, propuso dos opciones: irnos a la Biblioteca a leer algún libro o quedarnos, tratando de entender en qué creen aquellos que creen. La mayoría nos quedamos, aunque no todas éramos creyentes. Hoy a la distancia, veo que nos motivó la apertura, honestidad intelectual y respeto de la profesora. Tres valores que apellidan la educación. En realidad, el aula es un espacio transversalizado por valores. 

Educación y valores

Efectivamente, el conocimiento que se transmite en clase está cargado de valores que sostienen las prácticas pedagógicas. Por su parte, los alumnos también reciben el conocimiento a partir de un sistema de valores aprendidos en su familia. Estos valores se traducen en dos derechos: la libertad de cátedra del docente y la libertad de opinión del alumno. El equilibrio entre ambos derechos lo aporta el docente como guía del proceso de enseñanza-aprendizaje. Y este equilibrio que supone moderación implica alejamiento de toda imposición de ideas. Ese otro que es el alumno no es un adversario a vencer avasallando sus opiniones. Tampoco el aula debe transformarse en un ámbito de captación para engrosar las filas de quienes adhieren a una ideología. Afortunadamente, esa pluralidad del aula es aprovechada por nuestros docentes para promover un diálogo fructífero, lejos del adoctrinamiento. Es cierto que a veces aparecen excepciones, pero ello lejos de desmentir, confirma la regla.

Sin lugar para la intolerancia

La educación es un proceso continuo. Cuando digo proceso hablo de fases, camino y gradualidad. De allí se entiende que la educación es sinónimo de desarrollo y transformación. El verbo educar se conjuga en la continuidad que supone el proceso. No se agota en un acto. Aunque en realidad, pienso que hay un acto que clausura la educación: la intolerancia de quien enseña. Quien enseña alguna vez fue alumno y sabe que, ante el mínimo gesto de fanatismo e intransigencia, el educando retrae su atención e interés. 

La raíz moral de la intolerancia está en la soberbia. Esa arrogancia impide el debate de ideas, el encuentro con el otro en el territorio de lo común y el aprendizaje en el terreno de las diferencias. Desde ese lugar de altanería, la persona intolerante se apropia de la verdad y no admite otras miradas. Las voces diferentes lo alteran. Incapaz de poner en consideración sus ideas y argumentos, recurre a la imposición, descalificación y gritos. En todos lados se cuecen habas, dice el refrán. Y es cierto. Pero la intolerancia en el aula es imperdonable. No solo clausura el debate, sino que va en contra de la educación en sí misma.

Educar para la democracia

Recordemos el origen latino del vocablo educación: "educere" que significa guiar, orientar, como así también extraer o sacar hacia afuera. La primera acepción hace referencia tanto al rol del docente como al concepto de educación como proceso. La segunda acepción "extraer" habla del fin de la educación: educar para sacar de la interioridad del alumno lo mejor de sí. Y en sociedades democráticas, ello significa educar para que los alumnos pasen de habitantes a ciudadanos. A tales fines la escuela debe: preparar para tomar decisiones libres; enseñar a ponerse en el lugar del "otro" y respetarlo; ejercitar la capacidad de escucha; adiestrar en competencias necesarias para sostener ideas con argumentos y promover mayores niveles de responsabilidad ciudadana. Claro está que el mejor libro para los alumnos en este tema, es la biografía testimonial de sus docentes. No olvidemos la moraleja de aquel conocido refrán: "La decepción no mata, enseña". Y enseña mal.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo