La familia, esa sociedad natural formada por dos personas, hombre y mujer en orden a la procreación de los hijos, es la primera educadora del hombre y la primera escuela. La familia tiene el derecho y el deber de educar a los hijos "Salus populi suprema lex esto", "La salvación del pueblo, es decir, el bienestar de la nación, será la suprema ley", proclamaban los romanos. En el orden del bien común esa es la verdad. El Gobierno nacional y los gobiernos provinciales no deben tener otra mira que no sea ésta.
Si nos ubicamos hace 200 años, en San Juan la educación, primaria se mostraba deficiente y precaria. Transcurría la época colonial y sólo la juventud masculina contaba con algunos centros de cultura, donde quienes podía recibían una instrucción básica que se impartía, generalmente, en los conventos.
Las mujeres, en su gran mayoría, no tenían acceso al aprendizaje ni de letras, ni de ciencias. Todo lo que ellas lograban aprender lo hacían en sus hogares, juntos con su familia.
Al constituirse la Junta Subalterna, sus integrantes a lo primero que se abocaron fue a la enseñanza pública. Era una de las principales tareas que debían encarar en procura de alcanzar una elevación del nivel cultural, a fin de liberar al pueblo de la ignorancia en que se encontraba sumido. En esos momentos se comenzaba a comprender la importancia que tenía esa base educativa para alcanzar el objetivo de la independencia nacional. Por ello la Junta Subalterna encaró esta tarea en una forma muy seria, solicitando informes sobre la escuela de primeras letras, con el objetivo de ampliarla y hacerla llegar a un número mayor de jóvenes y ciudadanos.
Así funcionó la enseñanza hasta la llegada al Gobierno de San Juan del doctor José Ignacio de la Roza, quien la restablecería en 1816 con un significativo nombre: "Escuela de la patria", llevando a su dirección al experto educador porteño Ignacio Fermín Rodríguez.
Este gran docente, que asumió desde entonces la responsabilidad de enseñar a la juventud con inusitado interés, promovió un gran movimiento cultural en nuestra provincia, educando niños que después habrían de sobresalir en distintas actividades del país, como Sarmiento, que llegaba a ocupar muchas veces el pupitre de privilegio del aula por sus conocimientos y dedicación al estudio como una predicción a su encumbramiento posterior a su personalidad. Y así como él se destacarían después Aberastain, Torres, Salas, Cortínez, Quiroga de la Roza, Sánchez, Rojo, Rawson, y otros tantos, siendo unos y otros, médicos eminentes, matemáticos, literatos, gobernantes, etc, de gran notoriedad, no sólo dentro de su provincia, sino también fuera de ella.
He aquí lo que necesitaba San Juan en aquellos momentos para elevar el nivel cultural de su pueblo: una escuela argentina. Fue gracias al interés puesto por aquellos grandes e inteligentes hombres, que en este año del Bicentenario los recordamos con orgullo y humildad, que se echaron las bases de la organización nacional tanto políticamente, económicamente y culturalmente.
Por eso en las escuelas debe inculcarse la conciencia política, sobre bases éticas y la conciencia social sobre bases tradicionalmente cristianas.
Así el ciudadano adulto tendrá la capacidad suficiente para elegir bien a gobernantes honestos que con leyes honestas y conducta personal honesta conduzcan honestamente los destinos de la patria. Y así formar una sociedad que trascienda en el tiempo con la capacidad de contener a sus integrantes de la mejor manera.
