Para darnos una idea de qué lugar ocupa en la sociedad la mujer en Occidente -nuestras mujeres en especial-, echemos una mirada sobre la mujer afgana, de religión islámica. Sin derechos de ninguna índole. Por su capacidad para engendrar y criar hijos la "distinguen” como subgénero de la especie humana; es conceptuada como provocadora "agente del pecado” y por tanto portadora de "malignas tentaciones”.

Cuando se ve obligada mostrarse en la calle, debe cubrirse de pies a cabeza con una densa túnica -en general negra- a la que denominan "burka”, que tiene una trama de rejilla a la altura de los ojos.

Los talibanes ("estudiantes”, en persa), una vertiente militarizada de la fe islámica, prefieren que no salga a la calle, ni aún a los "bazares”, mercados públicos donde está diseminado el comercio.

Otra prohibición que pesa sobre las afganas es que, cuando están enfermas, no pueden ser auscultadas por un médico; ya que las mujeres son contadísimas en esa profesión y esto se debe a que más del 80 por ciento de la población femenina es analfabeta. El hecho constituye un verdadero atasco.

Tan sólo lo dicho permite ubicar a la mujer occidental en un lugar privilegiado de libertad y expansión, acorde con el desarrollo socializador que impera en las naciones más avanzadas, democráticas y cultas del mundo, donde los alcances y los derechos sociales, educativos y costumbristas sobre las personas, están demostrados, aceptados y vigentes.

La mujer del siglo XX, con continuidad en el siglo XXI es la que mayor evolución integral ha tenido en la historia.

Apreciar en conjunto el porte femenino en sus tendencias temporales es pauta comparativa de sus cambios estéticos en el tiempo.

Esto da pie para entrelazar una anécdota, que la significa tal cual lucía y "provocaba” allá por el 1900: Con las randas tocando el suelo, con las mangas hasta el puño y cerrado el cuello del vestido, entre abullonamientos y encajes, en esa época también se podía apreciar a la mujer porteña caminando por la ciudad. La comodidad o la conveniencia de usarlo, hacía que muchas veces tomara el tranvía en las esquinas indicadas, y, oh coincidencia, en esas mismas esquinas "aparecían” pequeños grupos masculinos, conversando "distraídamente”. Era que las pulcras damas de ese tiempo tenían forzosamente que levantar sus larguísimas polleras hasta por encima del tobillo, a fin de poder alcanzar la alta pisadera del "tranway”.

Para los ojos varoniles significaba una delicia de poder recrearse, teniendo a la vista tan deleitable "intimidad” femenina.

En inicios del siglo XX, la moda hizo desaparecer, casi bruscamente, los vestidos largos, y se entró en la época de las faldas cortas. En los ’60 la mujer ya mostraba las rodillas, luego parte del muslo, con las "atrevidas” minifaldas, que han evolucionado hasta hoy convirtiéndose en "minis-minis”, usadas por las jovencitas, y también por damas jóvenes, en ocasiones de abierta gala.

Los "trajes de baño” mujeriles (bañadores o mallas), que en un principio fueron sueltos "mamelucos” con media manga y perneras hasta cubrir el muslo, progresivamente fueron "encogiéndose” y en mostrativos achicamientos se llegó a la famosa "bikini” (1946), un sucinto dos piezas que ya no se cambió, y que, en este siglo de extremos y evidencias, cumple la función de dos "tiras” de tela, que escasamente "cubren” lo que insinuando "descubren”. Pero eso, en su vigencia y osadía, es sólo otro cariz de la veleidosa e implacable moda.

Dentro de los lugares que por valor y derecho propio va ocupando, la mujer ha dado un impresionante salto situacional para colocarse casi paralelamente a su opuesto masculino, salvo en las tareas que, por condición y atinencia, son propias de cada sexo. En esto cabe el "casi”. Ignorando patológicas dependencias, la mujer se concita a sí misma, se exige, defiende su propio aquilatamiento y cada vez más ocupa estrados que la enaltecen.

Definida constante, consecuente y anhelosa, la mujer del siglo XXI se rige nítida en su rol de competidora del varón, lo alcanza, lo iguala y a veces lo sobrepasa; sin disminuirlo, se coloca y actúa a su lado, consciente y segura de sus adentros, en una concepción clara de esa permanente situación de hecho entre "ella y él”.

Es que la mujer de la actualidad -nuestra mujer argentina, sin un paso atrás de las más avanzadas del mundo- ha "escapado” de arcaicas sujeciones y siente que su femeneidad y su feminismo están libres de amarres y se funden en la esencia pura de su temperamento femenino.

(*) Escritor.