El uso indebido de drogas como fenómeno social ha crecido en nuestro país y en el mundo en los últimos años. Un gran número de los que hacen uso de la droga son adolescentes. Sin duda, el factor principal que posibilita el uso de drogas en la adolescencia es la falta de contención y educación familiar. La familia es elemento clave en la formación de la personalidad del ser humano. Aprender a pensar correctamente es casi sinónimo de aprender a vivir, y esto se logra en la familia. La ausencia de una educación rica en valores humanos, morales y religiosos asumidos y vividos a lo largo de la niñez y adolescencia, trae como consecuencia un carácter inmaduro y débil, una personalidad líquida y desintegrada, sin virtudes o hueca de ideales, carente de principios nobles. Víktor Frankl ha constatado que en los drogadictos el complejo de vacuidad aparece en el 100% de los casos.

Hoy día nos encontramos ante una crisis de autoridad y de valores en la familia, ante padres excesivamente permisivos que confunden amor con dejar al hijo hacer lo que quiera. No se dan cuenta que los límites sirven para protegerlos (y no para frustrarlos) en el ejercicio de su libertad. El testimonio de toxicómanos muestra la dificultad por parte de los padres para establecer límites, normas y reglas claras de vida sana. Muchos padres no dedican a sus hijos el tiempo que ellos necesitan. Entregan su tiempo a otras actividades a veces no tan importantes, en un estado de vida consumista y permisiva, secularizada y sin ideales verdaderos. Padres que no están a la altura de su tarea constituyen una verdadera laguna para la formación de sus hijos. La paternidad-maternidad no es sólo traer hijos al mundo; sino hacerse cargo de ellos, cuidarlos y contenerlos, amarlos y educarlos, formarlos en el bien y la verdad, conducirlos al estado perfecto de hombre que es el estado de virtud, haciendo de ellos personas de bien para la sociedad.

Por otro lado, distintas investigaciones confirman que los toxicodependientes provienen de familias en las cuales el conflicto interno entre padre y madre, o entre padres e hijos está presente de modo continuo. Todo esto actúa disgregando, generando en los hijos el desarrollo de sentimientos de disconformidad, angustia y fuga.

El empleo de la droga aparta transitoriamente al individuo de esa situación familiar intolerable y del vacío profundo de la propia existencia.

Cuando la sociedad deja caer sus anticuerpos morales, se enferma, y la droga es uno de los síntomas de esa enfermedad. La acción formativa de la familia es imprescindible para conformar un tejido social sano. Una juventud sin principios, ideales y virtudes, es presa fácil. Vigorizando la estructura familiar, habremos dado el paso inicial en la batalla contra las drogas.

(*) Bioquímico legista. Docente de educación sexual, Instituto Escuela de la Familia, Ministerio de Educación.