Antes de las recientes elecciones presidenciales en Perú, el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, había declarado que su país podría verse obligado a optar entre "el cáncer y el sida”, en caso que los aspirantes Keiko Fujimori y Ollanta Humala pasaran al balotaje.

La realidad es que los elegidos, que irán a una segunda vuelta del 5 de junio venidero, son estos dos candidatos, dejando a los peruanos ante una disyuntiva perversa de alto riesgo para el futuro del país. Por una parte, un populista indigenista, ex militar de izquierda, admirador de Hugo Chávez, con todo lo que esto significa e implica, y la hija de un ex presidente golpista, cuya mayor aspiración no es el bien de la nación, sino liberar a su padre de la prisión. La máxima de Maquiavelo: divide y reinarás, resultó aquí evidente.

Incapaces de pactar un acuerdo o dar un paso al costado, los candidatos peruanos de centroderecha le regalaron la elección a quienes ahora van al balotaje. La división de las fuerzas democráticas del ex presidente Alejandro Toledo, el ex ministro de Economía, Pedro Pablo Kuczynski y el ex alcalde de Lima Luis Castañeda, en tres candidaturas resultó fatídica para las aspiraciones de la mitad del país que ellas representaban. Pero el análisis de fondo es que la otra mitad de peruanos, la única que estará representada en el balotaje profesa un desapego por el sistema democrático y el modelo económico.

Humala obtuvo el voto de quienes se sienten marginados de un modelo económico exitoso, pero con cuentas pendientes en la inclusión social; el voto de quienes denuncian que en un país cuyo PBI crece a niveles chinos, en un promedio del 5% anual en la última década, el nivel de pobreza aún alcanza al 34,8% de la población; es decir, 10 millones de peruanos. Pero a Humala le temen los inversores, empresarios y la clase alta, que creen que un gobierno suyo cambiaría el rumbo de la economía. Keiko es resistida en la clase media por la gestión corrupta y de violación de los derechos humanos del gobierno de su padre entre 1990 y 2000. Esta es la segunda vez en pocos años que las urnas ubican a Perú frente al abismo. Las dos coinciden con el fin de un mandato de Alan García.

Hoy, al fin de su segundo ejercicio del poder, deja a un país sumido en la incertidumbre respecto a si el futuro será traducido en esperanzas o si le espera a Perú un nuevo Chávez.