La conformación de la Cámara de Diputados de San Juan ha marcado la calidad de los protagonistas de la política sanjuanina en cada periodo constitucional o época de la historia. Hay memoriosos que dan testimonio de la capacidad y comportamiento de grupos parlamentarios brillantes. Pero también suelen llegar a la conclusión de que, con los años, ese nivel ha ido disminuyendo por distintas circunstancias de la evolución misma de los pueblos y quizá también, de la credibilidad en la clase política. Un diputado no necesita poseer titulo universitario para ocupar una banca, pero, como llegó a decir un veterano diputado sanjuanino de los primeros tiempos peronistas, "por lo menos que sea "léido”, es decir que haya leído algo o bastante como para enaltecer el lugar que el pueblo le concedió con el voto. Y ahí está la cuestión. El conocimiento que el ciudadano tiene de sus diputados, o, más claramente, de aquella lista sábana que conforma la papeleta del voto, no suele ser suficiente. Incluso cada vez que hemos votado en una elección general, hemos llevado diputados a la Cámara que no conocíamos, salvo los primeros de la lista. No es fácil mejorar el sistema, porque probablemente caeríamos en la idea de que aquel probo dirigente comunitario que sólo conocen los vecinos de su barrio, no está en condiciones de interpretar al resto, o que aquel avezado representa sólo un sector de la ciudadanía, o que el culto de dos rancios apellidos le pesará llevar la marca de la aristocracia del lugar. Pero llegará el día en que habrá que dejar que cada candidato demuestre a la población por qué quiere ser legislador. Sería un paso positivo en el sistema electoral.
Por suerte, siguen existiendo diputados en la actual Cámara que jerarquizan el papel del representante del pueblo con su conocimiento, con su investigación, con su trabajo diario, con su contacto con la gente, y con su honesto compromiso. Uno de ellos era Eduardo Santiago Bustelo. Todo un lujo en nuestra Legislatura. Porque en la mochila vital del diputado, ex vicepresidente primero de la Cámara de Diputados de San Juan, había numerosas virtudes y logros personales que anteceden o vienen después de los del artículo 135º. Así, al enrolarse en el combate de las ideas, se refugiaba siempre que podía en la lectura, porque lo suyo era un mundo cultural y estético que le venía de niño. Gatear y crecer en el inicio de su vida en esa bodega ancestral de la historia grande de San Juan, le permitió beber en la experiencia laboral incesante de su abuelo Santiago Graffigna, y reconocer de su padre, Francisco Bustelo Barcia, su paso por la función pública como exitoso ministro de Obras Publicas del gobierno de Pedro Valenzuela (1942-1943).
En sus años jóvenes, cuando vivía y estudiaba fuera de la provincia y luego en el exterior, cada fin de año recibía en San Juan el aplauso familiar por sus éxitos intelectuales. Hasta que regresó con esos títulos y medallas que nunca gustó ostentar, como licenciado en Ciencias Políticas de la UNC, Mendoza, Máster en Ciencias Políticas y Planificación Social en la London School of Economics and Political Science. Fue el primer director en Argentina de la Oficina de la Unicef (1989-1993), y justamente este organismo de las Naciones Unidas para la Infancia, emitió un comunicado ante el fallecimiento de Bustelo en el que manifiesta que "(…) el mejor homenaje a su memoria y su lucha es la reafirmación del compromiso con la defensa de los derechos de la niñez y la construcción de un país más justo y democrático para todos y todas las niñas, niños y adolescentes.”
En San Juan, como no podía ser de otra manera, contribuyó Bustelo con precisos aportes en favor de la infancia, su especialidad, a través de un diálogo generoso con el ministro de Desarrollo Humano y Promoción Social, Daniel Molina, desde que éste era director del Área de la Niñez, cuando se inició una de las gestiones más sobresalientes de la historia sanjuanina en esa materia. A su vez, el propio gobernador Gioja destacó agradecido en la despedida al diputado, que pedía y recibía con frecuencia consejos de él sobre distintos temas del accionar provincial. Cuando presidió las inolvidables comisiones provinciales de los bicentenarios de la Patria (2010) y de Domingo F. Sarmiento (2011), junto a Margarita Ferrá de Bartol y representantes de los principales sectores de la vida local, mostró en todo momento sapiencia y enorme sentido común.
Con su figura estilizada, de gesto imperturbable, palabra amable y sonrisa ancha, no tenía empacho en rechazar alguna cuestión, expresando su versión científica del tema, porque dialogaba con suma tolerancia y respeto al otro, aunque costaba bastante seguir su alto nivel de discusión. El azul de sus pantalones preferidos, los jean, y sus mocasines clásicos, lo alejaban de los formalismos estéticos. Era, sin dudas, uno de esos personajes que escasean entre nosotros, fraguado en un compromiso social evidente, y del que ahora sólo nos queda leer sus muchos escritos para aprender y comprobar que, por ello, no murió del todo.
(*) Periodista.
