Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos. En un solo día desea recordar a todos ellos, sin excepción. No sólo a quienes han sido canonizados oficialmente, sino incluso a los "desconocidos”. El libro del Apocalipsis los describe como "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9). Pero, "¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos?”. Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para este día de fiesta. Es un interrogante que también podemos plantear hoy. Pero es actual la respuesta queda el monje cisterciense: "Nuestros santos no necesitan honores humanos y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en ellos, siento arder en mí grandes deseos de imitarlos”. Este es el significado de la solemnidad hodierna: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir a la luz de Dios. Este es un "llamado” a todos, reafirmado con vigor por el concilio Vaticano II en el capítulo V de la Constitución dogmática "Lumen Gentium”: la "vocación universal a la santidad”. Pero, ¿cómo podemos llegar a ser amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder de forma negativa: no es preciso realizar obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es imprescindible seguirlo, sin desalentarse ante las dificultades. Jesús nos exhorta de este modo: "Si alguno me quiere servir, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor” (Jn 12, 26).Quien se fía de él y lo ama con transparencia, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo para encontrarla vida (cf. Jn 12, 24-25).
La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz y de la renuncia a sí mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han afrontado pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). Jesús declara que la santidad, equivalente a la "felicidad”, es "hacer carne” en nosotros las bienaventuranzas: "Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia” (cf. Mt 5, 3-10). En realidad, el bienaventurado por excelencia es Jesús. Las Bienaventuranzas son su "biografía”, y nos enseñan que Dios ve "al revés” de los hombres. Quisiera destacar que todos los santos han sido misericordiosos. La misericordia del Señor se manifiesta sobre todo cuando Él se inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia; es más, Él mismo es la misericordia. La felicidad está "más en dar que en recibir” (Hch 20,35). Precisamente por este motivo la quinta Bienaventuranza declara felices a los misericordiosos. Pero sólo seremos de verdad bienaventurados, felices, cuando entremos en la lógica divina del don, del amor gratuito, y si descubrimos que Dios nos ha amado infinitamente para hacernos capaces de amar como Él, sin medida. Cómo podemos ser concretamente instrumentos de esta misma misericordia hacia nuestro prójimo. El ejemplo lo demostró el beato Pier Giorgio Frassati (1901-1925). Él decía: "Jesús me visita cada mañana en la Comunión, y yo la restituyo del mísero modo que puedo, visitando a los pobres”. Pier Giorgio era un joven que había entendido lo que quiere decir tener un corazón misericordioso, sensible a los más necesitados. A ellos les daba mucho más que cosas materiales; se daba a sí mismo, empleaba tiempo, palabras, capacidad de escucha. Servía siempre a los pobres con gran discreción, sin ostentación. Pensemos que un día antes de su muerte, estando gravemente enfermo, daba disposiciones de cómo ayudar a sus amigos necesitados. En su funeral, los familiares y amigos se quedaron atónitos por la presencia de tantos pobres, para ellos desconocidos, que habían sido visitados y ayudados por el joven Pier Giorgio. La misericordia no es sentimentalismo. Aquí se demuestra la autenticidad de nuestro ser discípulos, de nuestra credibilidad como cristianos en el mundo de hoy. Pero no deberíamos confundir tolerancia con misericordia. La tolerancia es siempre ideología; la misericordia es teología: sólo se entiende desde Dios. La tolerancia te lleva a saber que todos somos iguales; la misericordia, que cada uno es único e irrepetible. Por tolerancia te soporto, por misericordia te amo. La tolerancia te lleva a la diplomacia; la misericordia a entregar la vida. Ser tolerante es un modo particular de ser respecto a otros; ser misericordioso es ponerse en el lugar del otro. Siendo tolerantes nos respetamos; siendo misericordiosos hacemos un mundo fraterno. Por tolerancia te respeto, pero por misericordia te comprendo.

