En su reciente Exhortación postsinodal “Amorislaetitia”, el papa Francisco aborda la “dimensión erótica del amor” al “hablar de la vida sexual del matrimonio” y del “lenguaje esponsalicio del cuerpo” (150 – 152). Señala Francisco: “Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus criaturas” (150). Las relaciones íntimas, creadas y queridas por Dios en la pareja humana, son la expresión más completa del amor matrimonial, pues, como acto propio y exclusivo de los esposos, es el que mejor manifiesta y realiza lo que es el amor conyugal: hacerse uno, “una sola carne”, como expresa la Escritura. Estas palabras señalan que el acto sexual es un acto personal: cuerpo y alma que se funden en el amor. Dos cuerpos y dos almas estrechados íntimamente en fuerte abrazo amoroso, gozoso y abierto a la vida. 

Cada acto conyugal, signo y expresión de la comunión de personas, reactualiza el consentimiento (“sí, quiero”) del día de la boda, e indica que, a pesar del paso del tiempo, los esposos se vuelven a elegir una y otra vez. Es decir, las relaciones sexuales entre los esposos son ocasión de recepción de la gracia de Dios propia de este sacramento. 

Debe descartarse la idea de que el deseo y la satisfacción sexual en el matrimonio abierto a la vida, son algo malo, indebido o pecaminoso. 

En la óptica divina de amor – procreación (Amorislaetitia, 80), la comunión sexual abierta a la vida en el matrimonio es un acto querido y ordenado por Dios. Por lo tanto, no sólo es lícito y bueno, sino incluso meritorio y santo. Escribe Francisco: “La unión sexual, vivida de modo humano y santificada por el sacramento, es a su vez camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos. Es el “misterio nupcial” (Amorislaetitia, 74). Cuando los esposos realizan una relación sexual abierta a la vida por amor, para hacerse felices, para agradarse mutuamente, para darse satisfacción y placer el uno al otro, se reactualiza la celebración del sacramento del matrimonio; los esposos conmemoran, festejan y dinamizan un acontecimiento trascendental en sus vidas, y vuelven a pronunciar el “sí, quiero” de la entrega para toda la vida. Y por lo tanto, los esposos son nuevamente bendecidos por Dios.

Por ello, debe descartarse la idea de que el deseo y la satisfacción sexual en el matrimonio abierto a la vida, son algo malo, indebido o pecaminoso. Señala Francisco: “De ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Es más, la intimidad sexual permite a los esposos un espacio para el crecimiento de la unión de los corazones y de las almas. 

El acto sexual vivido de esta manera produce una intensificación del amor de los cónyuges, que necesitan satisfacer este aspecto amoroso de su unión conyugal. Por ello, los cónyuges deben estar atentos a la “necesidad sexual” del otro (150) y dispuestos a acceder a las relaciones sexuales cuando son solicitadas convenientemente (débito conyugal), dentro del marco de la paternidad responsable, de manera de satisfacer sus mutuos deseos de placer y amor, logrando así ser “una sola carne”.

 

Ricardo Sánchez Recio
Profesor, Orientador familiar. Licenciado en Bioquímica.