"Creo que no hay otro país donde el himno nacional, emblema fundamental e insignia de cada pueblo y de su historia, sea tan manoseado como en el nuestro…".

 

País extraño y duro este. Las cosas más importantes patas para arriba, desde la política a la economía, desde la riqueza intelectual de muchos de nuestros habitantes hasta el exilio doloroso de los mejores, porque acá es casi una odisea vivir con mínima certidumbre y dignidad. 

Pero específicamente hay un tema que muchas veces me desveló, aunque nos estemos acostumbrando a que todo funcione a los tumbos: no me resigno ver cómo se maltrata algo tan indefenso y sagrado como el himno.

Creo que no hay otro país donde el himno nacional (emblema fundamental e insignia de cada pueblo y de su historia) sea tan manoseado como en el nuestro.

En los últimos años, empujados por una visión descarriada y sin límites éticos de la vida; un territorio vulnerable donde todo es posible porque se han extraviado principios esenciales y horizontes básico, se lesiona el idioma, relativiza lo esencial y lo natural y acomete contra bastiones culturales.

El Himno Nacional Argentino no pudo sustraerse a esas liviandades; escapar a las garras de los extravíos, y fue alcanzado por los puñales de insensatos e irresponsables.

Se ha llevado al himno a los escenarios del rock, quizá donde menos malsanamente fue tratado, aunque no se entiende que el mejor modo de usarlo es respetándolo en su estructura original. 

Se lo mutila cuando es interpretado en eventos nacionales o internacionales; se usa como un cántico de los barras del fútbol y se interpreta muchas veces como una caricatura musical y por algún intérprete que lo vulnera hasta rebajarlo a los lindes de la indignidad. 

La política también lo usa, interpretando a pedacitos diversos cantantes, manifiestos adherentes al gobierno de turno, aquella obra épica de Vicente López y Planes y Blas Parera; y se divulga por televisión, casi a los tumbos, cuando llegan las doce de la noche.

Debe entenderse de una vez por todas que esta pieza fundamental no es patrimonio de caprichosos ni oportunistas. Tiene demasiada historia sobre sus espaldas, para que aventureros circunstanciales se apoltronen sobre su noble grandeza para sacarle mezquino provecho personal o político.

¡Dejen tranquilo a nuestro himno! Es el modo de honrarlo. No necesita de vuestros ornatos e improvisaciones de mediocre tenor musical y mal gusto. Aunque fuera una canción musicalmente pobre (que no lo es), debiera ser interpretada exactamente como sus gestores la pensaron y los siglos la impusieron en el alma popular como su patrimonio.

Por ese sinuoso camino de lo arbitrario, donde ya muchos pseudocreadores de turno maltratan el idioma por incomprensibles como inadmisibles caprichos ideológicos, corremos el riesgo de que se institucionalice oficialmente el atropello y la estupidez; estamos cerca. No nos asombremos si ocurre, si no estamos atentos y no nos ponemos firmes desde el lugar que nos toca.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete