Desde el sentido común el destino se nos aparece como una realidad tiránica e impersonal, la cual es para nosotros inevitable. Se dice por ejemplo: "el destino lo quiso así, yo no puedo hacer nada”.

Desde un punto de vista filosófico el destino es la sucesión inevitable de sucesos cuyas consecuencias afectan sucesos futuros. Desde la teoría de la causalidad se afirma que toda acción lleva a una reacción. Por lo tanto no existe el azar, todo debe tener una causa. En cambio el azar es algo fortuito, es una casualidad.

Todos hemos experimentado de alguna manera el destino. El teólogo Romano Guardini destacaba en su libro "Libertad, Gracia y Destino”, editado por Dinor en 1954, que el destino se experimenta de tres maneras: la necesidad, el hecho y el acaso.

En primer lugar el destino se experimenta como necesidad, es decir como lo que debe ser, que no puede no ser o que no puede ser o suceder de otra manera. En algunas circunstancias el destino también se presenta como coacción e impotencia ante lo inevitable. En este caso decimos que el destino es fatal.

En segundo lugar el destino se experimenta como un hecho, como un factum, como aquello que es. No como lo que debe ser sino como lo que es, lo que se da efectivamente.

Por último el destino se experimenta como acaso, es decir, como aquello que sucede en la trama de la vida sin control ni orden, como algo inesperado y que contradice nuestros planes.

Esto es el destino objetivamente. Pero el destino también se refiere a cada sujeto en particular. Esos tres elementos de la experiencia del destino de que hablamos arriba se aplican a cada sujeto en particular. En el sujeto se da la necesidad de las leyes de su ser físico, psíquico y espiritual. Se da también el acaso pues no toda la vida psíquica es consciente, sino que hay una parte ignota en nuestro interior que los psicólogos llaman el inconsciente. Y por eso es que al hombre siempre le ocurre algo en relación con su ser. En este sentido cada uno es artífice de su propio destino, es decir que cada uno es parte activa en la formación de su destino, consciente o inconscientemente. Por ejemplo cuando recibimos alguna acción o actitud de parte de otros, en realidad lo que nos sucede es de alguna manera exigido por la propia actitud o hecho posible por ella.

Así como hay maneras de experimentar el destino, existen tentaciones de terminar con él. Guardini comienza desde lo más positivo diciendo que el hombre a veces se siente llevado por el destino cuando las cosas van bien y nada choca con su deseo. En estas circunstancias hay un acuerdo entre el querer y la tendencia de las cosas. Pero también el hombre puede luchar con el destino, con los datos empíricos, con los hechos e impedimentos que hay que superar. Esta lucha constituye gran parte del vivir cotidiano. Puede hacerse fatalista cuando frena la voluntad de autoafirmarse y de inquietarse por sus planes y se abre al curso de las cosas aceptando todo lo que sucede. Es el "amor fati” de Nietszche o el "dejar ser” de Heidegger, lo cual no significa que la voluntad se quede pasiva resignándose a todo sin remedio, sino que con esta actitud el hombre pone todas sus fuerzas en conseguir sus designios aunque sepa que todo viene como está determinado. Ante la experiencia del destino, sobre todo cuando es hostil, uno puede tener la actitud del estoico que se mantiene con un ánimo imperturbable ante cualquier suceso de la vida. Se puede acabar con el destino por medio del humor. No del humor irónico ni del que todo lo toma a chiste, sino del humor que acepta las contradicciones y las afirma generosamente. Guardini dice que este humor es sólo posible por la redención.

Por otra parte, este sentimiento del destino como algo que oprime se modifica por la fe cristiana. Romano Guardini afirma que Jesús en su vida y su pasión no experimentó el destino. Todo lo que en su vida entró como necesidad, hecho o azar constituyó la manera en que se realizó la relación Padre-Hijo. En Jesús no se da lo malo. Es más, no experimentó los sucesos como algo extraño o impersonal sino como intimidad.

Para el hombre que no tiene fe ni ha experimentado la redención de Jesucristo, hay un destino tiránico que rige todos los acontecimientos de su vida. Pero para el hombre de fe no hay destino sino un mundo desprendido de Dios que padece las consecuencias del pecado. Por la fe ya no vivimos a merced de fuerzas irresponsables sino con la garantía de que de todo lo que sucede responde nuestro Padre Dios. Por la gracia nos unimos al Hijo de Dios y a su relación con el Padre y ya no sentimos el destino como algo extraño y hostil sino que nos sentimos cuidados por el Dios providente.

Para nosotros, que tenemos tanta ciencia y tecnología y aún así nos sentimos como aplastados por el destino, vale mucho la fe en un Dios que ama a los hombres y dispone todo para que se salven, aún lo que aparentemente no tiene sentido.