Mañana se correrá el velo de las incógnitas políticas que suelen conducir a los hombres hasta la euforia o la lamentación. En el controvertido escenario de la política argentina habrá triunfos y derrotas, como sucede en cualquier país del mundo después de un acto eleccionario. Se pondrá fin así a intensas semanas de proselitismo en las que se sintió que la meta era tirar la primera piedra, sobre diferentes temas y opositores, pero en forma incendiaria. Cuando más daño se podía hacer a la persona que estaba en la vereda opuesta, mejor.

Las campañas políticas suelen ser álgidas en todas partes pero, pese a ello, siempre hay límites en la verborragia partidaria, se evitan las ofensas personales profundas y todo aquello que puede ir en contra de los intereses del país. Aquí, los límites se corrieron hasta el infinito porque en la arena política nadie los tuvo en cuenta o, lo que es peor, desconocieron su existencia.

La ciudadanía no está de acuerdo con estas conductas avasallantes; se notó cansancio, aburrimiento y desinterés y se optó por ver menos programas políticos. Surgieron interrogantes en cuanto a las formas de hacer política. Interrogantes que si no se pierden en el vacío de las discusiones, podrían transformarse en respuestas de cambio para alcanzar metas más claras y positivas.

En el terreno descripto hay dos motivaciones fundamentales, la meta del poder y la adhesión a las ideologías políticas. Para aquellos que pugnan por obtenerlo, el poder es la herramienta que todo lo puede. Algo así como la posición mágica desde donde se puede observar a los demás desde arriba y desde donde todo está permitido. Lo hemos visto en estos días: un ex presidente haciendo promesas que sólo está en las decisiones de los poderes del Estado y una presidenta haciendo inauguraciones de obras más allá de lo que fija el calendario electoral, lo cual le valió la denuncia penal que hizo el doctor Ricardo Monner Sanz.

El escritor Giovanni Sartori, quien a los 86 años sigue su actividad académica entre los Estados Unidos de Norteamérica e Italia, habló del ideologismo de la siguiente manera. "El ideologismo habitúa a no pensar, es el opio de la mente, pero es también una máquina de guerra destinada a agredir y a silenciar el pensamiento ajeno. La política ideológica se extiende como una guerra de palabras y más en concreto como una guerra entre los ‘epítetos nobles’ que el ideólogo se asigna así mismo y los ‘apodos innobles’, descalificadores y desdeñosos que atribuye a quien no coincide con él. El ideologismo es el derecho a no tener razón y a pisotear la razón, proporciona una certeza absoluta y, por lo tanto, no requiere una prueba, no presupone una demostración".

Estas ideas tan sencillamente expresadas se pueden aplicar a la última contienda política argentina que terminó esta semana y que fue, sin dudas, una guerra de palabras. Quiénes participaron de esa batalla política verbal …¿pensaron en el país y sus problemas? ¿Hubo quiénes miraron de frente a la gente para garantizarle sus derechos básicos? Más ¿habrá quiénes desde el lunes tratarán de juntar voluntades en las cámaras del Congreso par resolver problemas antes de que ingresen los que serán elegidos, hecho que tiene como fecha el 10 de diciembre?.

El día después. La incógnita es qué pasará a partir del lunes. Y, lo peor que podría suceder es que se pierda mucho tiempo en el análisis de los resultados y se paralicen las actividades legislativas. Hay demasiados problemas en el país como para dejar que el tiempo se detenga en la maraña de opiniones triunfalistas o perdedoras. "El tiempo es un reloj sin cifras", dijo el filósofo alemán Ernst Bloch, fallecido en 1977. Y, de esta opinión deberíamos aprender algunas cosas.

Primero y principal el tiempo así definido hace pensar en el contenido que se da al transcurrir de la vida. Es la oportunidad del hombre para pensar libremente y para llevar a cabo su pensamiento de la mejor manera posible. Y, luego se podrán divulgar los códigos del buen hacer.

No es fácil la vida en un país cuando desde el poder y sus laberínticas ramificaciones se falta a la verdad constantemente porque, cuando eso sucede, aunque no lo adviertan sus cultores todo tendrá corta vida. Por ello, será muy difícil recrear actividades que noblemente mejoraron las comunidades y muy difícil no perder la fe, esa fe sin la cual el ser humano no puede avanzar.

Y, no avanzar es detenerse, es la inmovilidad social que seguirá permitiendo la multiplicación de los problemas ante necesidades que están a la vista.