A mediados de septiembre pasado, los organismos de las Naciones Unidas que siguen de cerca el déficit alimentario que sufren las naciones más empobrecidas del planeta, revelaron una mejoría alentadora al dar a conocer estadísticas sobre el descenso del número de pobladores indigentes. Según la Organización de las Naciones para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de los Alimentos (PMA), se estima que este año el número de quienes padecen hambre se reducirá a 925 millones, después de haber llegado a 1023 millones en 2009.
Pero este dato sigue siendo inaceptable, a pesar de los esfuerzos internacionales para paliar la grave situación de los pueblos vulnerables, debido a que enfrentan situaciones crónicas que requieren soluciones estructurales definitivas para autosustentarse y no depender de la solidaridad externa. Por eso ambos organismos lanzaron esta semana un segundo informe donde alertan acerca de una coyuntura de crisis prolongada, caracterizada por una situación de hambre crónica y extrema incidencia alimentaria, en 22 países con más de 166 millones de desnutridos.
El informe "Estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2010”, elaborado en forma conjunta por la FAO y el PMA, propone un replanteo en la forma en que se presta ayuda a dichas naciones sumergidas en la extrema pobreza. La definición de crisis prolongada, es la primera vez que aparece en estas evaluaciones y busca el objetivo de mejorar las intervenciones de ayuda humanitaria mediante estrategias sostenidas en el tiempo. Se trata de atender a pueblos que vienen sufriendo hambre desde hace ocho años (2001-2010) con bajísimos ingresos per capita y una ayuda extranjera equivalente al 10% de las necesidades mínimas para subsistir.
Las crisis prolongadas requieren asistencia especialmente diseñada y adaptada a ellas, indican los expertos de la FAO, porque se necesita asistencia urgente para proteger los medios de subsistencia al igual que las vidas de las personas, ayudando a devolver al país a un camino constructivo hacia la recuperación. Es decir, recuperar la capacidad productiva de los países vulnerables y fortalecerlos socialmente, de manera de disponer de soluciones de largo plazo. Sin embargo, casi dos tercios de los países que atraviesan crisis prolongada reciben menos ayuda para el desarrollo por habitante con respecto a los aportes de la media mundial para naciones emergentes.
La solidaridad mundial, canalizada por los entes internacionales, debe estar acompañada por programas que generen la producción de alimentos y medios de vida dignos.
