Nuestra política argentina ha decidido transitar, por caminos sinuosos, su legítima vocación por el poder. Escucho los repetidos agravios y desaciertos de los políticos y no puedo dejar de pensar en la famosa frase atribuida al político británico Winston Churchill (1874-1965): "La política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra sólo se muere una vez".

Entramos en un año electoral. Lo que debiera ser una instancia festiva para la democracia, se ha convertido en un proceso desmotivador y extenuante para el ciudadano común. La escena que nos brindan gran parte de nuestros políticos es más propia de un pugilato que de un Ágora. Rememorando así al lugar donde nació la democracia griega y los filósofos paseaban discutiendo, con argumentos, sus ideas. Hoy, los argumentos han cedido terreno ante los agravios y descalificaciones mutuas. Tal vez, en el fondo lo que falten son ideas y sólo les anime la búsqueda del poder. Por supuesto que hay honrosas excepciones en todos los espacios, pero sus templadas voces se pierden en el griterío y violencia verbal en aumento. A veces pienso que, a fuerza de tanta confrontación y belicosidad, nuestra política está más cerca de Esparta que de Atenas. 

Urge desenterrar el ágora y convertir a la política en un recinto sagrado habitado por personas sabias en justicia y moralmente virtuosas.

 

LEJOS DE LAS FIERAS Y DEL CÍRCULO

La política no es un zoológico (del griego z… zoo: "animal") donde se exhiben animales dentro de recintos expuestos al público. Llama la atención que muchos de nuestros políticos se autoproclamen halcones, palomas o leones. Como sí lo del zoo les sentara bien. Lo que nos falta es que se cumpla la profecía del cantante Víctor Heredia: "No quiero ver un día manifestando por la paz en el mundo a los animales.//Cómo me reiría ese loco día// ellos manifestándose por la vida y nosotros apenas sobreviviendo" (Sobreviviendo, 1984) Aclaro que poca risa me da el triste espectáculo que suelen darnos desde la política con minúscula. 

Y digo nuestra política, subrayando lo colectivo (primera persona plural) y lo que nos pertenece o poseemos. Algo habremos hecho o dejado de hacer para estar exactamente donde estamos: dando vueltas en un círculo dentro de un espiral. Repetimos una y otra vez la misma historia sin poder avanzar. La lógica de la inercia impera y nos lleva a repetir los mismos errores. Sólo hay una forma de romper o interrumpir esta lógica: detener en seco el círculo vicioso. Claro que para ello deberemos abandonar el cómodo sillón desde el cual miramos desde lejos la política y subir al escenario. Esto implica cuestionar las prácticas de siempre, abrir la mente a nuevas alternativas y fundamentalmente: involucrarse. La transitividad de la gramática refuerza aquí el concepto de comprometerse, de compromiso, de participar activamente. Después de todo, la Política es demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los políticos, solía decir el reconocido militar y político francés Charles de Gaulle (1890-1970).

DE HABITANTES A CIUDADANOS

Es cierto que involucrarse implica asumir el riesgo de complicarnos. Ahora bien, para dejar de ser habitantes y convertirnos en ciudadanos, deberemos hacerlo. Así lo señaló oportunamente el Documento de la 96° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina: "Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad, de 2008. Sólo una ciudadanía comprometida cívicamente podrá romper el círculo y la apatía en que nos deja. Una ciudadanía involucrada que sea capaz de cuestionar, proponer, debatir, escuchar otras propuestas y sobretodo renunciar a la imposición del interés propio o partidario por encima del bien común. Una ciudadanía que pueda penetrar el territorio de "lo común", sin acentuar las diferencias. Debemos involucrarnos. No olvidemos que podremos no interesarnos por la política, pero siempre seremos gobernados por personas a la que sí les interesa.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo