La costa Atlántica en Argentina es una de las más claras representaciones de un mercado vivo, sujeto a los estímulos de oferta y demanda. Algo similar sucede en los balnearios de Chile, lugar en que los precios suben o bajan según la situación y hasta se puede regatear un alquiler en la calle. Por el contrario, en San Juan es común que los precios se mantengan invariables se venda poco o mucho, algo difícil de comprender. En Mar del Plata, tomando previsiones de lo que podría pasar y finalmente pasó, los operadores inmobiliarios acordaron modificar los alquileres a la suba sólo el 20%, una buena decisión teniendo en cuenta que la inflación del año cerró casi al doble. Algunos propietarios adheridos a los modernos sistemas de contratación directa como Airbnb simplemente no cambiaron la tarifa publicada en internet. No fue remedio suficiente, aunque la enfermedad no era el precio sino la pandemia. El nivel de ocupación de lunes a jueves fue muy flojo haciendo pico viernes a domingo con cerca del 40% y sólo los dos últimos fines de semana de enero cerca del 80% por pocos días. Si hubiera que hacer un promedio de ocupación desde el día en que se habilitó la circulación en Buenos Aires, el 1 de diciembre, hasta lo que es habitual como fin de temporada, la Semana Santa, el promedio seguramente será uno de los más bajos de la historia. Turismo gremial inexistente, planes en cuotas no hubo tiempo de diseñar… pudo ser peor según las expectativas que declaró el ministro nacional Matías Lammens, pero igual muchos empresarios pequeños trabajaron a pérdida, así lo declaró el concesionario del restaurante y cantina del parador 6 del Automóvil Club Argentino en Punta Mogotes. A la poca gente se sumó el bajo consumo en los numerosos negocios de comida para llevar, heladerías (otros años los niños hacían cola para un baño de chocolate) o las exquisiteces frescas del puerto. Bien las panaderías que se cansaron de vender las tradicionales medialunas y que ahora agregaron otra estrella, los sándwiches, algo práctico y barato para llevar a la arena. Una lágrima los pasillos de carpas y sombrillas, muchos de ellos completamente desiertos incluso a horas pico, en días de pleno sol y hasta cuando llegó la impresionante espuma de medio metro de alto, novedad que trajeron las olas este año. Tampoco hubo demasiada gente en la playa pública, hasta se pudo jugar fútbol, deporte cada vez más practicado por mujeres y por supuesto la paleta y el tejo. Caminar hacia atrás marcando territorio en círculo con el talón fue una de las conductas típicas para cumplir con la distancia social. Volviendo al tema del mercado, por lógica los precios están por el piso. Se puede comer más barato que en San Juan con cocina gourmet o retirar viandas de alta calidad para comer en casa por montos apenas superiores a los que se gastaría por cuenta propia. Las porciones son generosas, tanto que pueden satisfacer con las calorías suficientes a dos personas de peso medio. Para comparar, un buen sándwich de crudo y queso de buena calidad y tamaño, que con dos se almuerza bien, 70 pesos; una tarta de ingredientes variados también para dos, 300; una pizza de 8 porciones, entre 500 y 600. Lo que está caro son las empanadas, no se sabe por qué, pero se cobran y venden a cerca de 100 cada una cuando en San Juan están a 300 la docena, pero es lo único. En cualquier restaurante comen dos personas a la carta con bebida pagando 1.200-1.300 pesos, si se elige el plato del día algo menos. Mucha gente excedida de peso, sobre todo mujeres, eso llamó la atención porque son quienes suelen cuidarse más, probablemente secuela de la extensa cuarentena. Vendedores ambulantes de vestimenta playera y accesorios, pocos y poco consultados. Épocas hubo en que el público rodeaba a esos trajinadores de la arena para comprar ropa de baño, anteojos de sol o camisetas de fútbol. Los espectáculos, un llanto para productores y actores. En este rubro los tickets suelen variar durante el tiempo de puesta en escena, dependiendo de la asistencia de público. Si se llena, suben, si hay poca aceptación, bajan. A veces salen a rematar entradas con sorteos y otras estrategias por las calles. Este año nada, tanto que también faltó el habitual glamour de ver a algún famoso en la peatonal o en alguna playa. Futbolistas profesionales, grandes ídolos, también ausentes. Las restricciones de localidades por la pandemia han sido grandes en cuanto al aforo de butacas en todo tipo de puesta, pero aun así han sobrado. Espectáculos callejeros gratuitos o de artistas a la gorra, un símbolo a la puesta de sol en el patio de los lobos marinos, ausentes. Ellos vivían de la acumulación de gente que ponía su moneda, este enero algo prohibido y a la vez negado por el turista. Los textiles tradicionales de la calle Juan B. Justo hace mucho que perdieron la batalla con la calle Güemes, pero ahora esa ancha avenida parece un cementerio, todo cerrado. Los outlets de Constitución y Ruta 2, anticiparon el fin de temporada a la semana de comenzar, una risa, pero gran beneficio para los compradores. Pantalones, remeras, para qué decir mallas, a mitad de precio o dos por uno, por supuesto en cuotas sin interés y de marcas originales. Un día de alta temporada en el supermercado Toledo, el más antiguo y un emblema de Mardel junto a Los Gallegos, con tres o cuatro clientes para 20 cajas en que las chicas bostezaban de aburrimiento. Los kioscos de diarios y revistas añorando mejores días de otros años, eso sí, bien surtidos y actualizados desde que se habilitaron los vuelos. Poca venta, aunque la librería Yenny del moderno shopping Aldrey (el nombre de pila del dueño, Aldrey Iglesias dueño de medio Mar del Plata), tuvo cola de espera para ingresar. En fin, un enero atípico en todo sentido, buen tiempo en general, los días de lluvia que tenía que haber, la sorpresa de la inesperada y extraña espuma, el agua tibia en el mar, menos gente y más tranquilidad hasta para los padres con adolescentes salidores. Con boliches cerrados no tuvieron otra que volver a casa apenas pasada la 1. Después de esa hora una recorrida por el boulevard marítimo, como en una ciudad fantasma, a la máxima velocidad permitida.