
Tomó la fría mañana por asalto. Con todo su mundo interior a cuestas, se aferró a la varita mágica de su bastoncito blanco y se fue caminando aceras de bullicios, plátanos de vuelos, acariciando con ese palote fantástico lo que ya tenía adentro de su corazón.
Para quien llega a la vida con los ojos sin luna y los vanos territorios por descubrir con sus manos y oídos, no le queda otra que transitarla casi toda por el costado indescifrable de su interioridad. Es posible que jamás sepamos en toda su dimensión cómo es eso de vivir una historia que no alcanza a mostrar en vivo sus paisajes y protagonistas. Sin embargo, cuando él nos contó que desde su trinchera veía el azul del cielo y el verde de los árboles y el pasto; que tenía perfectamente claro cómo es el rojo de la sangre y de los ocasos incendiarios, comenzamos a entender la mejor versión de la palabra misterio; y pudimos hacerlo, porque el misterio es entender que tenemos límites.
¿Qué sueñan los ciegos que sea diferente a lo que imaginan (que ellos aseguran ver)?”.
Nos contaba que una cosa es pasear por los suburbios del barrio y otra por los pasadizos de los sueños. Que soñar es encontrarse por fin con nosotros y el mundo que con idéntica pintura a la suya los videntes transitamos; es en esa comarca donde somos exactamente iguales; el sueño hermana; sus senderos son la esencia de las coincidencias generosas entre todos los seres humanos.
Recuerdo cuando una vez le preguntamos cómo veía el blanco, y nos respondió que algunas veces es un papel virgen y otras la entrada a uno de los túneles de Dios. Y que el agua es un espejo resbaladizo donde se puede transparentar la vida. Y que el negro era la muerte, un final en silencio, una melodía inexistente.
Que el gris lucía como la relatividad de una opinión, la duda, la incertidumbre de tocar una mano desconocida, encontrada en una muchedumbre rumorosa o un coro angelical.
Cuando cierro los ojos y me parece interpretar el ejercicio soledoso de los no videntes; me acuerdo de Angelito y de sus miles de mundos descifrados de los nuestros. Y a veces "se me pianta un lagrimón” al recordar su perplejidad aquella vez cuando le pregunté cómo veía desde su cielo interior el color de la piel de los seres humanos, y el lloró. Envuelto en la sanidad de las lágrimas me confesó que ese color jamás lo pudo encontrar y que sabía que no todos los seres humanos tienen uno igual.
Le dije que el mío era parecido a un gris de la sangre, a un amarillo desmayado, a un marrón en retirada, y fue inútil. Me puso la mano de titiritero enfermo sobre la frente; se tocó la suya y dijo pensativo que la piel le parecía el límite entre nosotros, porque no lograba percibir el mensaje de su color, al ser distinto entre los seres humanos.
Con el tiempo fui comprendiendo por qué razón sagrada los ciegos viven y sobreviven casi con los mismos argumentos que quienes no lo somos. Que Alguien poderoso y noble les ha entregado un cielo interior al modo del olimpo de Alicia en su País de Maravillas; al estilo de las imaginerías de Borges o Cortázar o los diseños prodigiosos de Bioy Casares. Y que con esa barita que encienden en su bastoncito blanco -nada menos que con eso- confirman que el cielo es azul y un degüello de soles suele ensangrentarlo. Y seguramente el poema que edifican con esa pluma es tan o más bello que el nuestro, porque para construir un verso necesitan acomodar en el alma la convivencia de dos universos.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
