Ya no cabe dudas sobre la necesidad de actuar con urgencia contra los desequilibrios climáticos, porque ningún país objeta las predicciones. En mayor o menor medida todos sufren los desastres naturales y tampoco hay científicos que no compartan la necesidad de alcanzar acuerdos mundiales en la Cumbre de París, a iniciarse en breve.
La frecuencia de las catástrofes por la alteración climática aumenta de tal manera, que en los últimos veinte años se han cobrado un promedio anual de 30.000 vidas y causado más de 4.000 millones de heridos o damnificados, según la estadística de un organismo de las Naciones Unidas. Esto representa un 14% más que en el decenio anterior, el doble que en el periodo 1985-1995, y las evidencias permiten anticipar que las alteraciones van en aumento y serán cada vez mayores si no se adoptan decisiones políticas terminantes.
El organismo de la ONU considera que la cumbre para comprometer a los países en una reducción de las emisiones nocivas será crucial a largo plazo para aminorar los daños y pérdidas humanas causados por los desastres, cuya intensidad y efectos crecen con el calentamiento global. Por eso, el 90% de las catástrofes naturales está relacionado con el clima, mientras que el 10% restante es de origen geofísico, como terremotos, erupciones volcánicas y deslizamientos de tierra. Del primer grupo, la actividad más mortífera y de efectos más dañinos son las inundaciones y las sequías, causantes del 80% de las víctimas y predominantes tanto en países ricos como pobres.
Por eso en la Cumbre de París está en juego, entre otras cosas prioritarias, la futura productividad de la agricultura, ya que a medida que los desastres climáticos aumentan se pierden más temporadas de cosecha. Muchas veces esto no ocurre inmediatamente después del impacto climático sino dos o tres meses después, un panorama agravado por la incapacidad cada vez mayor de pronosticar las lluvias, precisamente debido a los desarreglos generados por el cambio climático, otro gran problema para los agricultores.
La ONU asegura que las pérdidas económicas causadas por los desastres climáticos son mucho más elevadas que los 1,8 billones de dólares calculados en los últimos veinte años, ya que sólo el 35% de reportes sobre los desastres contienen información de su costo financiero.
