La historia del Cristianismo coincide, en buena medida, con la historia de la caridad. Cuidar de la viuda, del huérfano y del extranjero ha formado parte de la tradición judeo-cristiana desde el principio. La comunidad eclesial se responsabilizó del pobre y del marginado, como consecuencia directa del Reino de Dios predicado por Jesús, y entendió la salvación como algo que afecta no sólo a las almas individuales, sino a la transformación del orden social, político y económico, y del cósmico, hasta que "el león viva con el cordero…" (Is. 11, 6-9). Predicar y dar testimonio de este Reino fue la misión de Jesús y es la misión social de la Iglesia. 

La Iglesia primitiva se interesó por el compartir los dones y la riqueza. Los bienes materiales, creados por Dios, eran tenidos por buenos en sí mismos, pero su acumulación superflua y un apego excesivo a los mismos no era un bien. 

 

  •  GLOBALIZACIÓN HOY

La globalización que vivimos, acusa un cambio reciente de la forma en que las naciones-estado, el sistema internacional de estados, los individuos y la humanidad como un todo interactúan los unos con los otros, y de cómo entienden cada uno de ellos que están en este "único lugar". La globalización describe a la vez una situación objetiva de relaciones y una conciencia subjetiva de las mismas. Es cierto que estas nuevas dinámicas tienen aspectos negativos (amenazan la identidad de los grupos y de los individuos), pero también los tienen positivos (posibilitan la participación de un número cada vez mayor de personas en su propio desarrollo, no sólo desde un punto de vista económico, sino también político y cultural). Y mientras es una cultura global en desarrollo, la globalización no es necesariamente homogeneizadora, sino que también promueve y valora la diversidad.

Como dijera Juan Pablo II, "la globalización no es mala ni buena en sí misma; depende de lo que hagamos con ella". Para los cristianos, comprometidos desde siempre con la promoción del bien común y de la justicia y la paz para todos, el nuevo contexto supone retos y oportunidades.

Entre los retos, mencionaremos los siguientes: repensar el lugar y la función de las naciones-estado en la búsqueda de la justicia; promover y preservar la particularidad cultural capacitando a las distintas culturas para participar en el mercado global; promover la libertad individual sin llevar a un individualismo aislado; fomentar nuevas estructuras internacionales para hacer frente a los problemas que exceden de las capacidades de las naciones-estado; comunicar los principios cristianos de la justicia social de forma persuasiva y que lleve a la conversión del corazón; ejemplificar en la vida de la institución eclesial la justicia y caridad que predicamos.

SENTIDO DE SOLIDARIDAD 

La globalización también ofrece a la misión social de la Iglesia nuevas oportunidades. Las espectaculares nuevas tecnologías de la comunicación ofrecen la mayor posibilidad de aumentar el sentido de la solidaridad humana y permiten llegar a un conocimiento de unos y otros como seres humanos, impensable cuando León XIII escribió acerca de "las cosas nuevas" en 1891. El colonialismo occidental y el imperialismo soviético han cedido el paso a un mundo policéntrico. Culturas durante largo tiempo reprimidas han cobrado nueva vida al interactuar con otras culturas. La Iglesia tiene una nueva oportunidad de fomentar la subsidiariedad y la solidaridad. Su antigua doctrina sobre el uso de los bienes materiales para el bien común puede ahora aplicarse globalmente, pero al mismo tiempo este bien común ha de concretarse en comunidades locales y organizaciones intermediarias: globalización de la misión social.

Y finalmente, insistimos una vez más en que la tarea social de la Iglesia es una dimensión constitutiva de su misión fundamental: dar testimonio de la verdad, salvar y no juzgar, servir y no ser servido, ser portador de la esperanza y luz para todas las naciones (Gaudium et spes, n. 3).

 

Por Pbro. Dr. José Juan García
Vicerrector Universidad Católica de Cuyo (UCCuyo)