El tema de imputabilidad de menores, de gran actualidad, no puede ser tratado desde un punto de vista reduccionista, esto es, de creer que la solución pasa por encarcelar a niños, que por la propia realidad que les ha tocado vivir los ha llevado a esta situación. Yo se que lo que digo puede resultar incomprensible especialmente para las personas víctimas de la delincuencia juvenil. Pero desgraciadamente nadie puede saber lo que significa vivir excluido de la sociedad, con las necesidades básicas insatisfechas, sin esperanzas, sin educación, con padres que no tienen la cultura del trabajo ni la de ganarse las cosas con sacrificio, sino la cultura del clientelismo político y de esperar que el gobierno les de todo.
Pienso que el problema requiere un tratamiento mayor, que obviamente implica una inversión económica grande, a largo plazo, y que abarque varios aspectos.
Para empezar, deberían atacarse varios frentes: en relación a los menores, comenzar por socializarlos a través de la educación pública, tan vapuleada en nuestro país, empezar por transmitirles conceptos y valores morales y éticos acerca del trabajo decente, del respeto a los demás, de la cultura, de la propiedad privada, etc. Todos estos conceptos que para el común de la gente pueden resultar corrientes, para los excluidos son desconocidos, porque a ellos mismos no los han respetado nunca; sus padres ni sus abuelos han trabajado nunca; viven hacinados, sin agua potable, sin escuela, son sobrevivientes.
A los menores drogadictos, hay que luchar por sacarlos de ese flagelo, implementando tratamientos e instrumentando instituciones con personal capacitado que los ayude a dejar la adicción.
A los padres y madres de esos menores, enseñarles oficios: carpintería, electricidad, plomería, albañilería y fundición de metales, a los fines de que tengan una herramienta que les permita trabajar dignamente. Incluso el Estado, mediante subsidios, podría ayudarles a adquirir las maquinarias y herramientas para hacerlo, por supuesto, con el debido control para evitar que las vendan o las destinen a otros usos.
Es decir que, a mi criterio, la solución no pasa por encarcelar al menor delincuente, sino por evitar que llegue a serlo; y si ya lo es porque la vida no le ha enseñado que existe otra opción, luchar por resocializarlo, enseñándole todas aquellas cosas que nosotros sabemos y conocemos porque hemos tenido la bendición de estudiar y trabajar dignamente, y por sobre todas las cosas, la dicha de tener una familia que nos contenga y nos de protección, pero que ellos desgraciadamente no han tenido.
