Lo peor que puede pasarle a un pueblo es no reconocerse en su identidad porque pierde su perspectiva trascendente de la que no se puede prescindir para la construcción idónea del futuro. Los países pueden equivocarse con la instrumentación de medidas políticas, económicas, sociales, etc., en su afán por resolver la problemática constante que surge en el seno de sus comunidades y en su relación externa. Lo que no puede ni debe equivocarse es en definir sus esencias porque sólo ellas le definen como es.

Somos como pueblo y somos como persona. Desde ambas proyecciones estamos en acto permanente y actuamos con univocidad como personas y con univocidad como pueblo, integrados en el paso común. Ante ello, el ojo avizor del vecino observará que en medio de la diversidad, la marcha es homogénea, un estilo y una sola alineación. Esto ocurre en el gran desfile de la vida y así se observa el caminar de los pueblos revestidos en la imagen cultural que les sostiene.

Cuando atentamos contra las esencias la imagen se diluye porque afecta e hiere la sustancia que distingue y expresa. Vivimos tiempos tremendos, de gran distorsión y de ataque virulento a la palabra porque se elude la riqueza de la misma, pero más grave aún, porque existen aviesas formas intencionadas de confundirla. De nada pareciera servirle al hombre moderno la maravillosa herencia de los grandes pensadores de la historia, quienes fueron ordenadores de la conducta desde el debate principista en tiempos hostiles cargados de adversidades, donde fue necesario del acierto porque la raza humana requería del concepto para diferenciarse de otros géneros y especies. Porque de esa forma le fue dando sentido y orientación a su vida pero desde su propia existencia, la que fue descubriendo en su importancia la vida superando al pulgar que la defenestraba.

Sin embargo, los nuevos tiempos abren la puerta a la peor de las crisis porque se atenta contra el don privilegiado de la comunicación, la palabra, reflejo fiel del pensamiento, mostrándole como ausente en el gran debate que eleva la dignidad humana en el camino natural aunque pugne por alcanzar la perfección.

Cuando los recintos se colman de temas que tratan la vida, no es la coyuntura la que define un problema que requiere su solución, sino que se trata del estado permanente del ser que es, por su constitución y porque a partir de ser, tiene vida. En ese estado excelso de profunda reflexión no es el proceso cuantitativo, no es el número prepotente quien concluye. Es la idea cualificante la que prima para alumbrar la idea. La lucha es otra que antaño formó conceptualmente el pensamiento universal que hoy pretendemos cubrir con el soplo de la arenisca. La evidencia surge del tratamiento en Diputados sobre la despenalización del aborto. Para que todo termine bien y no divida ni resienta eternamente a la sociedad argentina, primero debemos definir cuál es nuestra identidad, luego cómo somos culturalmente. En ese marco podremos definir primero qué es la vida para nuestra sociedad, porque sólo así, estaremos en condiciones de dar sentido y orientación a esa vida. Hemos comenzado a tratar un tema trascendente desde las consecuencias que generan las conductas humanas, desconsiderando para tan delicado tema las esencias en las que se sostienen los pueblos con sus leyes y conceptos. No significa que se eluda el tratamiento si tiene una comisión con mayoría en el Congreso para tratar dicha ley. Significa que el enfoque del tratamiento es equivocado porque primero no se ha definido qué es la vida para un argentino.

Estridentes voces de "papistas” ignoran la concepción filosófica de Cristina Fernández de Kirchner, por ello, su indiferencia desde la Presidencia por este tema mal enfocado es abismal. Está claro que su progenie no dará quorum y se opondrá al tratamiento pretendido. La unidad nacional es prioridad inobjetable en su enunciación. Se advierte en los últimos días un cambio institucional de gran tenor en el país, tanto en la relación interna como en la relaciones exteriores. No equivoquemos el camino y otorguemos a la prioridad su blanco. "El camino trajinado es importante. La inteligencia es no ponerlo en riesgo cuando aún hay mucho por andar”.

"PARA QUE TODO termine bien y no divida ni resienta eternamente a la sociedad argentina, primero debemos definir cuál es nuestra identidad, luego cómo somos culturalmente.”