La historia de nuestra patria, tan pródiga en enseñanzas, contiene un capítulo sobre el cual más que nunca es necesario volver: el de la declaración solemne de la Independencia Nacional, declarada hace 197 años.

El momento no era oportuno porque los pueblos y la ciudad portuaria, hegemónica y petulante de la capital del virreinato, Buenos Aires, estaban amenazados por todas partes, sin resquicio alguno para escapar de esa trampa mortal. Los enemigos de los desobedientes habían expulsado al virrey. Ellos habían sido los vencedores en Sipe Sipe, el 21 de noviembre de 1815, y allí habían quedado, muertos o heridos, más de dos mil hombres de la Revolución.

Los invasores dominaban toda la región y, además, se llevaban los minerales preciosos a Lima, sede del poder. Los patriotas chilenos habían sucumbido en Rancagua y otra vez los españoles ocupaban el gobierno y el Paraguay, aislado, no veía con buenos ojos a los revoltosos de río abajo que cercenaban el comercio.

El reino de Portugal, asentado en Río de Janeiro, era la más segura plataforma de ataque al Plata. Carlota Joaquina, una reina ambiciosa, hermana mayor de Fernando, rey de España, y mucho más inteligente que él, soñaba con extender su dominio en la antigua Banda Oriental, una vieja aspiración lusitana, abortada en el antiguo Tratado de Tordesillas.

¿Puede pedirse un panorama peor? La sencilla vida de aquellos diputados mientras hablaban de los grandes temas, de la libertad y de la independencia, no les impedía pensar en lo trascendente de su misión. Aunque todo parezca transitorio, lo que esos hombres hicieron en aquel frío mes de julio, con la declaración de la Independencia, se prolongó más allá de la existencia de sus signatarios, sin límites en el tiempo. El 9 de julio de 1816 habían firmado la partida de nacimiento de una nueva y gloriosa nación, y aún no lo sabían.

Nosotros lo sabemos, y una gran responsabilidad nos compromete: defender y promover la libertad, no dejando que este valor clave de la democracia sea mancillado o menoscabado. Nadie es "’propietario” de la libertad, pero todos están llamados a servirla. Ella no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen. No consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que se debe hacer. Aprender esta lección significa crecer en civismo.