SEGUNDA NOTA
Si nos referimos al ítem "asistencia", nuestra incumplida meta de 180 días no tiene nada de ambiciosa, ya que el promedio en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico es de 190 días. Corea obliga a 220 días anuales, y en América latina se destaca Costa Rica, con 205; seguida por Brasil, México, Perú, Bolivia y Ecuador, con 200; Chile con 190, y Uruguay, con 185. Pese al pedido del ministro de Educación de recuperar los días perdidos por el cierre de las escuelas a raíz de la Gripe A, sólo Río Negro, Catamarca y Corrientes extenderán el ciclo lectivo. Es sintomático que de 24 jurisdicciones, sólo tres hayan buscado ofrecer una solución eficaz para alcanzar el número de días de clase exigidos por ley. La decadencia educativa no admite más protestas y requiere propuestas. ¿Qué proponen los ministros de Educación de los 21 distritos provinciales restantes? ¿Y en la provincia de Domingo F. Sarmiento, qué solución presentan las autoridades del Ministerio para recuperar los días perdidos? Los tiempos de crisis requieren propuestas superadoras, porque de lo contrario, nuestros estudiantes recibirán por enésima vez el mensaje que, ni a los padres ni a las autoridades, les interesa demasiado recuperar el valor de la escuela y de la escolarización.
El ministro también habla de "promociones" en el secundario, ¿pero a cuáles se refiere? ¿Al promover sin "ver", o al exigir para "alentar a crecer"? Ya hemos padecido la "promoción" que se hizo en el secundario durante el gobierno de Raúl Alfonsín: "alcanzó", "no alcanzó", o "superó", los objetivos. La educación vivió en esa época una triste decadencia que se fue acentuando en los años posteriores hasta hoy. El sistema educativo argentino fue muy exitoso en sus orígenes: escolarizó a millones de argentinos, los formó para ser ciudadanos, les dio unos saberes básicos, ya que les permitieron integrarse a la sociedad y al mercado del trabajo. Pero ese modelo, que fue muy exitoso para integrar y para socializar, hoy ya no lo es para mejorar aprendizajes y aumentar los niveles de equidad. Hoy tenemos un sistema educativo que no reconoce esfuerzo ni logro alguno. Nos quedamos sin "cuadro de honor" para los buenos alumnos, maestros, directores, supervisores, padres. Todo parece igualado, estandarizado; somos iguales más allá de los esfuerzos que hagamos o de los resultados que obtengamos, "lo mismo un burro que un gran profesor", como dice el tango. Nadie resulta sancionado en la escuela argentina, salvo los chicos y su futuro. Nadie resulta premiado tampoco, y ése es un mensaje poco motivador. Falta ejercicio de autoridad por parte de los padres y de los docentes. Se ha confundido orden con represión; límites con recorte de creatividad. Aldo Naouri, el más célebre de los psicopediatras franceses afirma: "Creer que una relación horizontal con los hijos y con los alumnos puede ser útil o satisfactoria es una locura. En vez de educar demócratas, terminan produciendo dictadores". Se ha olvidado o no se desea aceptar que educar implica fomentar virtudes y establecer límites para formar caracteres.
De todos modos, los recursos humanos argentinos todavía muestran fortalezas. Si miramos el tema de las librerías, México es un país con 110 millones de habitantes y tiene 400 librerías, mientras que Argentina con casi 40 millones de habitantes, tiene 4000 librerías. Hay algo de consumo cultural que esta sociedad tiene, que evidentemente, la hace distinta a las demás, aunque eso no se distribuye de un modo equitativo. El mercado lo lleva a sus consumidores, pero entre consumidores y ciudadanos hay diferencias notables. Entonces, la pregunta es, ¿por qué en lo escolar esto no se manifiesta? Insistimos en que hay que reconstruir un cierto orden del sistema y ciertas reglas de funcionamiento en las que sea mejor hacer las cosas bien que hacerlas mal.
Paradójicamente, volvió a aparecer en las evaluaciones de calidad que los maestros de mayor antigüedad obtuvieron mejores resultados que los maestros más jóvenes, y eso interpela sobre qué está pasando en la formación docente. Un sistema que tienda a la excelencia tiene que tener incentivos para los que hacen las cosas mejor: incentivo económico, simbólico o de reconocimiento. A los maestros que hacen las cosas bien, el sistema les tiene que reconocer que lo hacen bien. Lo que queda claro es que no podemos apelar al voluntarismo de cada uno. No podemos creer que un sistema educativo vaya a funcionar bien porque hay gente que voluntariamente lo va a hacer bien. Eso es una irresponsabilidad enorme.
