Ya con cinco años, sale con una piedra en la mano a perseguir un enorme gato, ignorando que con el tiempo amará los gatos. Adolescente, una tardecita amable, ve que la vecinita llegada al barrio de casas humildes enfiladas sale a barrer y él siente que está enamorado. Cuentan que por esos días se confinó en la última habitación con una guitarra lustrosa pero barata, y desde esas esquinas del alma le salió como apretón de luz una zamba que luego daría la vuelta al mundo.

No sabe cómo homenajear este momento donde se encuentra paradito, frágil casi-niño, en el canal televisivo integrando uno de los 9 escenarios brindados a los más grandes artistas del país. Sólo se le ocurre acordarse del no lejano día cuando decidió dejar con dolor el básquet, donde llegó con 16 años a la selección mayor. Una alegría tapa una pena, decía su abuelo; y pone primera con su segunda zamba, que al parecer pinta como la otra y Buenos Aires aplaude, y desde entonces y quizá porque el tango siempre le pegó hondo, ama las ciudades más que al campo. De nuevo agosto, que en su sangre ha instalado un mensaje misterioso. Por algo que desconoce pero presiente, ese día tiembla en clave de dolor. Su padre se monta de improviso a un remolino donde el Zonda agita muertes, y se va de aquí con sólo 52 años.

Las zambas ceden lugar a los valsecitos nostalgiosos, donde varias veces encuentra su corazón de pie custodiándole acordes y el amor adolescente. La vida es eso y mucho más. Nada puede desvirtuar su afán apasionado por la justicia.

Por sus infinitos ventanales pasan como jilgueros de llama y oro carnavales escarlata y atardeceres de lluvia. Por su corazón simple pero apasionado pasan del silencio al eco cientos de poemas en donde encuentran justificación sus sueños y sus venas. Aún las emociones no le permiten hacer un poema a quien compartió con él sueños y escenarios. Ha llorado muchas veces, porque la vida es también derrumbes, pero ha encontrado en la compañera, en la canción, en sus hijos y sus nietos arroyos de alegría y el misterio de la felicidad.

Cuando se retira de allí, un amigo le pone la mano sobre el hombro y le dice que ha aprendido que nada nos ha de marcar más en la vida que la muerte de una madre. Es así. Esa ausencia tiene tanta vida adentro que nos cabe hasta la índole, que nos traspasa hasta ese momento cuando -él de pronto recuerda desde lo más profundo de su ser- vio por la ventana el primer día de agosto. Algo de mí estoy confesando, perdonen.