
Esa mañana se había sentido viejo. A los cincuenta y tantos y lleno de proyectos, le costaba explicarlo. El dolorcito en la cintura al levantarse -que hace unos días lo acompañaba- esta vez le pareció un indicio inequívoco.
Se miró al espejo casi con distracción y se dio cuenta de que tenía algunas arrugas que antes no había advertido. Llamó a su esposa para reprocharle la falta de dentífrico y fue cuando se dio cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas y un nudo feroz en la garganta. Cuando su mujer llegó, le confió que no iría a trabajar; que no tenía ganas, él que siempre fue feliz haciendo algo. "Ya avisaré que hoy no podés ir, no te hagas problemas”, dijo su esposa. Y, como autómata, enderezó hacia la calle; el lugar que lo convocaba no le quedaba lejos. En el centro del saló
vacío de la que había sido la vieja estación, se paró como un faro en sombras. Miró con paciencia los altos cielos rasos, las ventanillas clausuradas, el portal que daba al andén. En el ajado banco de roble, frente a las vías paralizadas, se desplomó. Hacía mucho calor ese atardecer; sin embargo él tiritaba. Un deseo incontenible de llorar se le había subido a todas las cosas. A unos 80 metros, unos chiquillos correteaban por lo que fue el andén. Recordó los azulinos días de la infancia cuando venía con su madre a despedir parientes o amigos; verla llorar en secreto. O a esperar algún artista que venía de la Capital, o simplemente a ver llegar él los enormes trenes, que entre resoplos y quejidos aparcaban frente la admiración de la muchedumbre. Esperar un tren era un acontecimiento, una fiesta, una convocatoria a las emociones.
En la trinchera de sus nostalgias sintió el silbato salvaje que cortaba aquellas tardes transparentes, la campana incendiada en alaridos en la mano del viento, el resuello de la vieja máquina a carbón de leña y hasta la voz del abuelo que se ufanaba de haber sido foguista a los 14 años, mientras en los ojos engalanados de orgullo se le veía el espejo de lo que antes fue en esos atardeceres gloriosos.
En las nubes purpúreas paseaba un incontenible augurio de lluvia. Los chicos se fueron alejando, pateando un tarro. Por la claraboya se despidió llorando el último manojo de luz. La sombra se estiró por los pasillos entablonados, hasta caer desmayada al playón que daba a calle Mitre.
Es posible que cuando el mendigo se acercó, haya podido verle en la mirada un aleteo del alma desencontrado entre lágrimas, pero también en la boca dibujada una sonrisa que se había apoyado victoriosa en los triunfos del pasado.
