Memoria, Verdad, Justicia, valores imprescindibles. Futuro, meta ineludible. La Memoria desvinculada de la esperanza de Futuro nos apareja el grave riesgo de paralizarnos en el pasado. Lo peor es que nos puede anclar en lo más siniestro de lo pretérito, en enfrentamientos a sangre y fuego, no ya meros conflictos o diferendos políticos, esos que la competencia por darle la dirección al país naturalmente conlleva. La memoria a la que se alude el 24 de marzo es la del horror. Por eso, establecer en esa fecha el Día de la Memoria y de los DDHH ha sido un redondo y quizás deliberado error. Estamos conmemorando el fin de una anarquía político-económica, el comienzo de la represión paraestatal y el inicio de una dictadura que elevó exponencialmente el terror y que fracasó categóricamente en los planos político, económico y también militar (rendición en Malvinas). Es un Día de autoflagelación. Memoramos nuestras peores y más abyectas divisiones. Nos reunimos para recordar el horror, algo sencillamente irracional. Francia no se detiene para evocar la entrada nazi en París, sino para honrar al desembarco de Normandía y luego la liberación. Si hiciera lo primero, nunca se habría producido la reconciliación simbolizada por el histórico encuentro entre De Gaulle y Adenauer y el Acuerdo del Carbón y el Acero, embrión de la Unión Europea.
El 24 de marzo no hay nada que festejar. En esto coincidimos todos. Pero tampoco nos inspira nada bueno, virtuoso, esperanzador. Detenernos en esa fecha es masoquista y es azuzar la desunión nacional. La inmensa mayoría desea la unión.
Proponemos al 10 de diciembre como la fecha a celebrar. Es abarcadora de la Memoria -nos recuerda que ‘nunca más” una dictadura- y de la Verdad -sabemos todo lo que pasó, subrayando todo, para que no se sesguen ni la Memoria ni la Verdad, de la Justicia-. El 10 de diciembre nos convoca a unirnos, a ilusionarnos, a mejorar individual y colectivamente, a comprometernos, a asumir responsabilidades, a no enrostrar, reprochar y denostar, sino a empeñarnos en depurar -sí, sanear- nuestra democracia para que por fin con ella ‘se coma, se cure, se eduque” y también se trabaje -porque cada vez hay más oportunidades de empleo-, se construyan hogares (físicos y espirituales, fortaleciendo a la familia), se viva dentro de la ley, con DDHH y todo el plexo normativo cumplido sin excepciones, hagamos más ciencia y tecnología (modernidad), ocupemos mejor nuestro espacio incluyendo el marítimo. En fin, el 10 de diciembre es suscitante de la epopeya de engrandecer al país, de hacerlo justo, de aprovechar sus potencias, todo en democracia. No omito que la democracia anhelada proveerá muchas y buenas políticas públicas conducidas por un Estado con carrera administrativa, sin ñoquis ni acomodados. Habrá militancia, pero no rentados en el devastado Estado.
