"…El hombre es un ser de la calle, no hay dudas, luce abandonado, sombrío. El animal se ve radiante, cuidado…”

 

Un día de esa Buenos Aires fragorosa, cordial y dura. La crónica es real. Por la peatonal de prolijo piso gris se acerca un hombre joven. Lleva consigo un enorme y bello perro. Él es un ser de la calle, no hay dudas, luce abandonado, sombrío. El animal se ve radiante, cuidado. 

Julia, mi hija menor, sentada en una mesita a la calle junto a una amiga, está terminando de comer unas empanadas. Quedan dos en un plato. El hombre se detiene y respetuosamente les pregunta si las consumirán. Le responden que no y que puede tomarlas. Entonces nace un intercambio de palabras que al joven le dan oportunidad de hablar algo sobre su vida en la calle, el esmerado cuidado de su perro, al que lleva periódicamente a un veterinario amigo que no le cobra nada y al que adora porque le salvó la vida. Relata cómo conoció al animalito en la vía pública. Y, cuando hace varios años quedó sin trabajo, viviendo cómodamente de su sustento, tuvo una crisis emocional y, sin ser alcohólico, sólo atinó a emborracharse consumiendo una botella entera de vodca. Cuando la terminó, la rompió contra el suelo e intentó matarse haciéndose varios cortes en un brazo. Cuando la sangre brotaba abundantemente y sentía que perdía la vida, su perro, que siempre estaba con él, comenzó a llorar, emitiendo ladridos extrañamente estridentes, hasta que fue socorrido. Le salvó la vida. 

Desde entonces, el muchacho vive para su amigo, no habiendo podido evadirse de la prisión o la libertad de la calle, de la lógica de la intemperie, del mundo de carencia y el vacío; allí ha depositado su vida, sus amaneceres, sus amores y sus angustias. Cuenta que comparte absolutamente todo por partes iguales con su perro y que lo tiene educado para que comience a comer cuando él lo indica, respondiéndole a todo gesto o palabra con una fidelidad y respeto absolutos. 

Cuando consigue pizza, no la comparte porque al perro le hace mal. Ante el inevitable llanto de mi hija por el relato, el chico le pide perdón por haberlo ocasionado.

Toma en ese momento las empanadas de la mesa, le da una al animal y le pide a mi hija que lo invite al festín diciéndole: "¡come!” Entonces recién él perro comienza su alimento prolijamente y con sorprendente mesura. 

Luego de unos minutos de emotiva conversación, a partir de relatos de la dura vida sufrida y de los peligros y emociones de la calle, donde el joven se siente -posiblemente (inevitablemente)- como en su territorio, saluda para retirarse y entonces advierte que el animalito se ha quedado con hambre; sus ojitos dulces, atiborrados de mañanas agrias y libertad absoluta, están puestos fijos en la empanada que se dejó el muchacho. Él la parte en dos y le entrega la mitad.