El cierre de listas de candidatos operado ayer y el cierre de alianzas electorales la semana pasada, nos muestra algo raro, difícil de interpretar y que se augura peligroso: Sólo considerando las dos fuerzas principales, la que lidera el peronismo y la asociada a Juntos por el Cambio, se han inscripto con nombre y apellido, siglas, símbolos y demás, 16 partidos, reconocidos por la Justicia Electoral Nacional y muchas más agrupaciones y subdivisiones de todo tipo. Está además el llamado Consenso Ischigualasto donde registran algunos con cierta trayectoria y otros espacios desprendidos de fuerzas mayores.

Si agregamos los frentes de izquierda, que siempre participan demostrando gran lealtad a sus ideas más que aspiraciones a cargos, no tendremos dificultad en sumar entre todos, partidos y agrupaciones, 40 entidades. Hubo un importante avance en que muchas expresiones que se saben minoritarias han preferido resguardarse bajo el paraguas de alguien más poderoso electoralmente, de no haber sido así, los cuartos oscuros estarían poblados de boletas causando el desconcierto de los votantes.

El esquema de división siempre será favorable a los más grandes o, más aún, a cualquier oficialismo. 

Sabemos que históricamente hay dos partidos principales que reúnen por lo menos el 70 % de las simpatías y que le siguen otros casos tradicionales como la UCR, el Bloquismo, la Cruzada Renovadora o recientes como el PRO, alguno concentrados en distritos como Dignidad Ciudadana o Actuar o figuras fuertes en ciertos departamentos. Aún así, hay un excedente de marcas que no pueden exhibir a la fecha algún resultado previo ni despertar expectativas de superar el 1 o 2% en las urnas.

¿Por qué se presentan? ¿Por qué no prefirieron integrarse a alguno de los partidos que estuviese más cercano a sus principios y se suman ahora como una suerte de independientes sin aportar capital alguno a esa sociedad? ¿Qué tipo de fenómeno alienta ese deseo de participar con el único objetivo visible de mostrar una cierta identidad separada de los demás? ¿Es que aspiran a ejercer el mismo tipo de influencia que un miembro de una Sociedad Anónima en Asamblea de Accionistas dominados siempre por los controladores del paquete principal?

Hemos festejado en notas anteriores el valor de la defensa de una idea, de ciertos principios que, aunque se sepa que se pierde hoy, se cree que se puede convencer a más gente mañana, que se puede ganar más adelante, que la insistencia tendrá los mismos frutos que sueñan los fundadores de algo. Pero, ¿tanta gente en esa condición? ¿Hay tantos principios para sostener y tan diversos como para justificar una separación lindante con la anarquía?

No deben gobernar sindicatos ni empresarios, ni organizaciones religiosas ni laicas, sólo ciudadanos.

Desde el punto de vista táctico, ese esquema siempre será favorable a los más grandes o, más aún, a cualquier oficialismo, divide et impera, divide y reinarás, frase histórica atribuida al emperador romano Julio César y aplicada por Napoleón. Para mantener el poder hay que romper en piezas las concentraciones grandes, individualmente tendrán menor energía. No estamos hablando de innovaciones modernas sino de tácticas milenarias usadas con efectividad tantas veces como libros de historia militar se han escrito. Todo es muy raro.

Como contrapartida estuvo el Acuerdo San Juan, experiencia de la que fue antecedente la Semana Social organizada por la Comisión de Justicia y Paz del episcopado sanjuanino y alentada por el obispo Jorge Lozano. Multitud de organizaciones de todo tipo se reunieron para colaborar con ideas sobre cómo salir de la crisis económica y social que dejaría la pandemia dando por hecho que cualquier iniciativa aprobada quedaría en manos del gobernante de turno y donde nadie reclamaría ni autoría ni concesiones futuras.

No es bueno el corporativismo, la democracia está lejos de los soviets en los que cree el comunismo, todo ciudadano tiene un voto y es representado por alguien que obtuvo una cierta mayoría en elecciones periódicas y libres. No deben gobernar ni sindicatos obreros ni empresarios, ni organizaciones religiosas ni laicas, sólo ciudadanos reunidos en sectores llamados "partidos" en los que no se pregunta a nadie de dónde viene. No obstante, cuando los partidos dejan de ocupar el lugar de representación exclusivo que les asigna la Constitución y se transforman sólo en espacios de reparto de cargos públicos, ajenos al debate y la búsqueda de soluciones prácticas para los problemas reales y cotidianos, es admisible que otras organizaciones de la sociedad civil ocupen su espacio, de ahí estas reuniones más fructíferas que las que se dan en los comités donde las discusiones suelen pasar casi siempre por el armado de una lista.

¿Testimonial? Sí, es importante mantener valores en los que cada cual cree. ¿Democracia? Siempre, es una manera equitativa y pacífica de resolver las controversias. ¿Anarquía? Nunca, es la disolución del poder en tantas partes que nadie sabe dónde está. Único partido como en Cuba, no. Tantos como aquí, tampoco.