Unas pocas líneas bastan para alertar al público sobre la desaparición de una persona: La letra es el espejo donde se refleja la desesperación familiar. Pero por debajo de un breve texto, flamea un drama surgido a la sombra de las vicisitudes humanas. Las estadísticas señalan que los casos de desapariciones de personas son miles al año y muchos se deben a fugas. Hay registros de las denuncias, pero no de los pocos episodios con un final feliz. Un padre, una madre acude en busca de su hijo o hija, pero cuando se logra el reencuentro del ser querido, un razonable pudor sobre las motivaciones que decidieron la fuga, paralizan la voluntad de informar con el celo de la víspera el desenlace del hecho. Es indispensable tener en cuenta la edad de la persona fugada para tantear las raíces del problema. Según éstos, entre los 8 y 12 años la fuga responde a inconducta, se confunde con una ilusión de libertad entre infantil y adolescente. Entre los 12 y los 20 años se trata de discordias familiares tanto por problemas sentimentales como estudiantiles o laborales: un examen mal rendido, un curso no aprobado, un despido o un amor al que la familia se opone. Es a los 20 años, hasta los 30 o 35 en que asoman las crisis matrimoniales que van desde la inadaptación de una de las partes hasta las incertidumbres afectivas. Según las estadísticas, las mujeres protagonizan la mayor parte de las desapariciones, especialmente entre los 12 a los 20 años. La atmósfera familiar puede volverse tensa por un excesivo control de sus progenitores, generando múltiples dosis de inconformismo o desorientación, de rebeldía generacional a adherir a nuevas formas de vida. Pero detrás de estas razones hay una fundamental: la incomunicación entre padres e hijos. Cuando regresan, sin embargo, son víctimas de una doble derrota: la primera las impulsó a partir, la segunda las impulsa a retornar, un fracaso a dos espejos que no cambia el esquema inicial principalmente entre las adolescentes: abandonan un ámbito en que no se sienten comprendidas.
De todas maneras el gran problema en cuanto a la desaparición de las personas sigue siendo la juventud, especialmente femenina, protagonistas de una historia escrita a orillas de la incomprensión, de la soledad o de la incomunicación.
(*) Escritor.
