
Según un concepto común, desde lo formal, patria es el lugar donde se ha nacido. Pero también contribuye a su idea y sentimiento el lugar de desarrollo del ser humano. Cuando ambas nociones no coinciden, se dice tener una patria de nacimiento y una adoptiva; para la primera se conserva la gratitud de haber nacido en ese suelo; para la segunda la de haber acuñado muchas de nuestras vivencias y sentimientos.
Pero, ¿es sólo eso la patria? Si ahondamos en nosotros y hacemos un profundo esfuerzo de sinceridad, es posible que no. Alguien aseguró que la patria es el conjunto de cosas que se compadece con nuestras emociones y valores, estén donde estén. A partir de esta idea, la patria trasciende el territorio y la gente que en él reside, para configurar una idea más espiritual que geográfica.
No creo sea del caso analizar si esto es bueno o malo, pero explica algunas actitudes simples o elementales de la gente.
Por ejemplo, que algunos se identifiquen más con la patria que expresa el interior de nuestro país que con la que expresa la Capital Federal; y que, por ese sentimiento, no se conciba representado ni aludido cuando algunos argentinos son mal queridos afuera; ni sienta que algunos gobernantes sean patriotas, aunque se trate de nuestros gobernantes, y sí lo sea uno de otro país, cuando hace algo que quisiéramos fervientemente hicieran los nuestros.
Se explica también que un simpatizante deportivo, en algunas situaciones límites no sufra -y hasta se conforme- si su equipo pierde, cuando desea desde lo más profundo que valores elementales triunfen por sobre posturas falsas o actitudes tramposas, si para esto es necesario perder, aunque duela.
Entonces, luce no tan disparatado aquel concepto de que la patria, como sentimiento profundo de pertenencia, también (o preferentemente) es lo que está más cerca de nuestras emociones y valores. Porque, ¿quién puede dudar que a muchos argentinos, además de nuestras conquistas y querencias, nos gustaría tener la independencia de la Justicia que tiene Europa, las normas culturales de Suiza, la fuerza moral de la India o el rigor económico de Japón?
No todo lo que se encuentra en nuestro territorio es querido ni debe ser querido. Nuestra naturaleza racional tiene el don de elegir. Hay pertenencias que, más que enorgullecernos, nos avergüenzan. Contra esto hay que luchar para crecer y seguir pretendiendo la apetecible felicidad y el sentimiento de orgullo legítimo, aunque haya que levantar como ejemplo las mieles del vecino o del adversario.
En la esencia de todo ser humano, por encima de las pasiones patrioteras que pueden significar el ocultamiento de los propios defectos, felizmente yace la verdad como sustento y reserva, aunque muchas veces no lo reconozcamos.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
