
Era un tropel de unos veinte. Rugían casi furiosos buscando la entrada habitual. No es fácil impedir a alguien la costumbre de llegar a su lugar amado, por eso estaban allí. Se miraban, musitando una suerte de bramidos de decepción y bronca.
El sol se resbalaba incendiado a la misma hora de todos estos encuentros con lo propio, eso que se les debe y ahora les niegan; llegar a donde, seres como ellos, queridos y demandantes de aventura, los esperan.
Dicen que un niño que usualmente los veía llegar al lugar los reconoció y llegó a llorar unas lágrimas secas como desmoronamiento de otoño. Todo era muy extraño. El chico corrió unos pasos hasta su casa que estaba a pocos metros y le contó a su padre lo que ocurría, pero este no dio crédito a la fantasía de un corazoncito de apenas cinco expectantes años.
El tropel dio un pequeño rodeo por el lugar, como dudando si era allí donde la vida se mide en sacudones profundos y vuelcos del lado izquierdo, pero regresó al instante a la entrada que se les negaba al modo de inesperada cerrazón de mujer amada. Es aquí, reafirmaron con la mirada ya turbia, no hay duda; pero, ¿qué había pasado? ¿Cómo era posible que alguien les hubiera torcido el destino y escondido el rumbo entre llorosos papeles de incomprensión?
Un instante que se pareció a una vida detuvieron las ansias; miraron casi desmoronados la enorme pared Este del Estadio Cerrado. Un silencio descerrajado en tortolitas muertas les confirmó que a ese costado glorioso donde una provincia hizo una entrada a fuerza de gestas que admiró todo el país, se les había enturbiado ilusiones; que la muchedumbre expectante no podrá verlos.
El "Payo", junto a los demás ciclistas, se secó el sudor y un oscuro barro de cientos de caminos lo cubrió casi todo; Vicente, "hijo del viento", sintió que se quedaba sordo de cariños expresados en estallidos de multitudes provincianas; el "Pelado" Segovia lloró; el "Topo" Recabarren sintió que sus piernas prodigiosas no lo podían; Moisés no lo creía; desolado, Luciano Osán se cansó de tirar; Carlitos Escudero miró el suelo, el cielo y las ausencias.
Como río que poco a poco va muriendo, el tropel de sueños abortados pegó un portazo de temblores y se marchó a la nostalgia, con la obstinación sublime de negar que esto fuera el nunca.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
