Dicen que el tiempo tiene un poder sanador. Es como si creyésemos que las agujas del reloj fuesen una especie de curita que todo mejora con solo transcurrir. Pero no por repetido que sea un refrán se convierte en una verdad irrefutable. Un reloj es un dispositivo que nos permite medir el tiempo y segmentarlo en unidades (segundos, minutos, horas) pero no es un aparato mágico que todo lo sana. La vida, nuestra gran maestra, nos enseña que el tiempo puede aliviar el dolor, pero nunca curar por sí mismo. El tiempo ayuda, pero no lo es todo a la hora de dejar atrás angustias y preocupaciones. En eso, el reloj es un aliado, pero no un sanador automático. Nos bastaría con preguntar a los padres de Fernando Báez Sosa sí en estos tres años desde que ocurrió el asesinato de su hijo, el solo paso del tiempo pudo curar su dolor.

Tampoco alcanza la justicia

Como cualquier padre ante semejante crimen, los papás de Fernando reclaman justicia. Y está bien que así sea. La justicia es un gran ordenador y pacificador de las relaciones humanas. Pero. ¿alcanzará para sanar? Una eventual sentencia condenatoria podrá hacer justicia y traerles un poco de paz, pero Fernando no volverá. Ni el tiempo ni la justicia humana alcanzan para sanar. Hace falta un paso más, un salto cualitativo como expresión de lo más noble del ser humano: perdonar. Por eso, en reiteradas ocasiones han sostenido que esperaban un pedido de perdón de los jóvenes que un aciago día de enero de 2020, terminaron brutalmente con la vida de su hijo. ¡Cuánta grandeza en el alma de esos padres! Porque para perdonar primero hay que saber amar. Y el perdón aquí, es por partida doble. Porque es cierto que le quitaron la vida, pero antes lo despojaron de humanidad. Muchos se preguntaron por los signos vitales de Fernando, cuando en realidad lo que dejaron de percibir los agresores, fueron sus signos humanos. Antes de matar, dejó de ser un hermano para ellos. Y esto, también hay que poder perdonar. 

Perdón y arrepentimiento

Los padres esperaban un sentido pedido de perdón para empezar a sanar sus heridas. La razón es sencilla: pedir perdón requiere arrepentimiento. Y no hay arrepentimiento posible, sin dolor ni reconocimiento de la culpa. Yo me arrepiento, significa entrar en uno mismo, reconocer la falta, asumirla y romper los lazos con aquella. Mientras no haya verdadero arrepentimiento seguiremos siendo cautivos del yo caído. El arrepentirse y pedir perdón es una forma de liberarse del yugo de la falta. Ahora bien, el efecto liberador del arrepentimiento no sólo habría beneficiado a los agresores. También habría alcanzado a los padres de Fernando. En algún punto, con el arrepentimiento le hubiesen devuelto la dignidad arrebatada a su hijo. 

Ahora bien, cabe aquí una pregunta final. ¿Se puede perdonar a quien nos daña con malicia? No es fácil, pero pedir perdón y perdonar libera y engrandece. Después del perdón nada es igual. Algo cambia definitivamente por dentro. Así lo refleja la conocida fábula budista "La roca y el perdón”. Cuentan que un día un primo de Buda que le envidiaba, intentó matarlo lanzándole una pesada roca. La roca cayó cerca del Maestro sin producirle ningún daño. Días después ambos se encontraron y avergonzado por el hecho, el primo le preguntó: "- ¿Maestro, por qué no estás enfadado conmigo sí intenté matarte?  – Porque ni tú eres ya el mismo que arrojó la roca ni yo soy el mismo que estaba allí sentado”. La moraleja es clara: perdonar nos hace mejores seres humanos. 

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo