Desde hace varios meses los argentinos hablamos de las grietas que nos separan. Grietas en la política, en periodistas, en gremialistas, en artistas. En mesas familiares, de café, de amigos, la grieta es un tema recurrente de debate.
Este dato de la realidad nos lleva a transitar caminos preocupantes signados por la intolerancia, la distancia y el aislamiento. Y en ese orden secuencial. Porque simbólicamente la noción de grieta se utiliza para nombrar una fisura que atenta contra la unidad de algo. Esa abertura separa las partes de un todo sólido, quedando las partes divididas en lados diferentes.
“El problema de la grieta es quiénes cayeron en la hendidura, no quién la produjo o la alimentó”.
Los sanjuaninos sabemos bien lo que significan las grietas producidas por un terremoto. Grietas en la pared, zanjas en las calles, hendiduras en los puentes. También sabemos que por grietas en las calles del San Juan del 44, perdimos muchos seres queridos. El problema de la grieta es ese: quiénes cayeron en la hendidura, no quién la produjo o alimentó. Mirar por el retrovisor buscando culpables ayuda para entender, pero no cierra la grieta, no amortigua la caída ni rescata a los caídos.
Sin embargo, en la memoria colectiva del sanjuanino hay una matriz conductual grabado a fuego por la tragedia: aprendimos a caminar entre las piedras, como cantaba el inolvidable Cerati en “Cuando pase el temblor”. ¿Resiliencia colectiva? ¿Solidaridad ciudadana? No importa el nombre, lo que vale es esa actitud que nos lleva una y otra vez a arreglar la pared agrietada, repavimentar la calzada hundida o saltar la grieta buscando a quien quedó aislado en la vera de enfrente.
Desde ese lugar, cobran significado algunas iniciativas esperanzadoras que pueden mostrar un camino. Tal el caso de La Mesa Interreligiosa que nuclea a distintos credos o el Diálogo Judío-cristiano que desde hace varios años promueven la Universidad Católica de Cuyo y la Sociedad Israelita de San Juan. A ello se suma la recientemente conformada Mesa de los Derechos de La Mujer que agrupa a movimientos sociales e instituciones católicas preocupadas por la dignidad de la mujer, tantas veces avasallada. Son espacios de encuentros, diálogos y consensos que definen una “Agenda de lo común” y trabajan mancomunadamente en ello. Nadie renuncia a su identidad, pero todos ponen el foco en lo que une. Es una forma de caminar entre las piedras y saltar la grieta.
Una experiencia que deberían intentar otros sectores de la sociedad, sobre todo aquellos que tienen alguna responsabilidad con la gestión del bien común. Deberíamos recordar que la lógica de la grieta es una forma de violencia social: porque el que piensa distinto queda separado y aislado en el otro borde del camino.
