Cuando el 13 de marzo de 2013 el cardenal francés Jean-Louis Tauran salió al balcón de la Plaza San Pedro en el Vaticano a anunciar que el argentino Jorge Bergoglio había sido ungido Papa, en Argentina mucha gente lloró, la gran mayoría de alegría, pero otros de tristeza. Ese hombre a quien años antes el kirchnerismo había puesto en la vereda de enfrente por distintos motivos, mutaba repentinamente a santo -o casi- para la consideración popular. Todo el oficialismo pensó estar acabado, en la lona, y sin chances de recuperación. Pero no fue así, al menos hasta ahora. El mundillo K manejó como pudo esa desventaja no calculada e intenta aún hoy torcer el destino que ellos mismos fabricaron: desde que Bergoglio es Papa, Cristina estuvo dos veces con él e, incluso, de una de esas audiencias participó Martín Insaurralde mientras el bonaerense encabezaba la lista de candidatos a diputados nacionales. Las críticas a la Iglesia que surgieron el mismo día que Bergoglio decidió ser Francisco fueron callando de a poco. Y las furiosas y oscuras acusaciones del kirchnerismo sobre el pasado del religioso fueron aclarando lentamente hasta convertirse en el pacífico celeste que hoy domina la escena. Es decir, el Gobierno Nacional intenta olvidar y hacer olvidar los grandes enfrentamientos con la Iglesia Católica de este país y, en particular, con Jorge Bergoglio mientras el ahora Papa era cardenal. Tal vez por eso Cristina Fernández de Kirchner vuelve hoy al Tedeum del 25 de mayo, luego de 6 años de no aparecer. Y es probable después de la reunión con el presidente del Episcopado, monseñor José María Arancedo de hace algunos días, le hayan aconsejado acercarse un poco más, y hasta es posible que la Presidenta esté aceptando los aportes respecto de la violencia que los religiosos le acercaron. Ojalá que estas acciones de la mandataria estén atadas a su pensamiento y a no a la coyuntura política.

Muchos dirigentes políticos del oficialismo se acercaron al Papa, forzando fuertes contradicciones, como le pasó a la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto. La referente K dijo en marzo de 2013 que "Hay acusaciones serias sobre su persona -la de Bergoglio-. Hay una denuncia en la Justicia, se lo ha investigado". Y agregó: +Bergoglio pertenece a la Iglesia, hoy representa a esa Iglesia que oscureció la historia en nuestro país, que no fue así, por ejemplo, ni en Chile ni en Brasil". Pero luego, en abril del mismo año, aseguró: +Voy a darle por primera vez la mano a Bergoglio ahora Francisco, con emoción por supuesto, con el orgullo de que sea un argentino y con la esperanza de que nos ayude. Ahora es muy importante, tiene más poder y posibilidades de hablar por primera vez de nuestros desaparecidos y de nuestros nietos que estamos buscando, que no queremos morir sin abrazarlos".

Lo que ocurrió esta semana con la supuesta carta del Vaticano a Presidencia podría haber sido una prueba más de la verdadera relación entre Cristina y la Iglesia. Si los contactos estuviesen bien aceitados es posible que el escándalo no hubiese subido tanto de tono y alguien, de un lado o del otro, hubiese avisado para frenar el tsunami posterior. Casualmente o no, el papel instaba a la mandataria a profundizar el diálogo y a trabajar sobre la violencia, dos materias que la Iglesia viene reclamando desde hace años. En definitiva, para no caer de un lado o del otro y contagiarse del entusiasmo santo de Francisco, un hombre que despierta la admiración de todo el mundo, habrá que pensar en positivo y suponer que la mandataria argentina quiere cambiar su falta de diálogo, una lección que Francisco le está dando desde el primer día de pontificado. Ojalá aprenda y no se deje correr por la coyuntura, porque esa no es una característica de un estadista.