El drama del desplazamiento masivo de personas que huyen de guerras, intolerancia étnica, hambre y discriminaciones sociales, tiene foco en regiones africanas y de Medio Oriente, pero también América latina padece una grave crisis humanitaria de la que poco se habla y menos se atiende. Ayer, en oportunidad de recordarse el Día Mundial del Refugiado, se alertó sobre la situación de Colombia, con unos 400.000 refugiados y cuatro millones de desplazados por conflictos armados, en particular la guerrilla de las FARC. El alerta lo dio el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), confirmando la huida de los pobladores colombianos hacia Ecuador, con casi 56.000 refugiados, Estados Unidos con 25.000, Costa Rica 12.000, Venezuela 3.000 y Panamá 1.200, aunque podrían haber muchos más. Son indocumentados, familias con niños, que traspasan las fronteras en forma clandestina sin pedir asilo.

Según el ACNUR, el gran aluvión de refugiados y desplazados forzosos no se detiene y se mueve de acuerdo a la dinámica que adquiere la lucha armado en Colombia, con tenaz persecución gubernamental a la narcoguerrilla, que al perder terreno invade pueblos y aldeas selváticas tomando de rehenes a los nativos. El drama afecta a áreas urbanas, donde los refugiados se sienten más seguros y cuentan con servicios de salud y escolaridad, caso de las ciudades ecuatorianas de Guayaquil, Quito y Cuenca, que acogen al 60% de los refugiados. El fenómeno de las víctimas de grupos armados ilegales, es una realidad latinoamericana en un contexto de beligerancia que parecía estar lejos de nuestro continente. Pero es una realidad que obliga a huir para sobrevivir a costa de ser rechazado en su destino.