En Estados Unidos, el 46% de la gente dice que perdió su poder de compra y el 27% perdió el empleo, debido a la crisis de 2000-2002 cuyas consecuencias siguen vigentes frente a sus necesidades. Los norteamericanos son consumistas porque el consumo movilizó el mercado interno hasta alcanzar un desarrollo admirable. Se crearon cosas para todo y para todos, se necesitaran o no.

Aquella advertencia de la alternancia de los siete años de las vacas gordas y los siete años de las vacas flacas parece cumplirse inexorablemente sin que se tenga en claro cual es la responsabilidad del hombre. Lo cierto es que no es fácil salir de un colapso porque las crisis ponen en juego todos los elementos que hicieron a la riqueza de una población y a los poderes de quienes mandan.

Ahora bien, hay que pensar qué pasa -y si puede ser evitado lo que pasa- en el resto de los países del continente con economías atadas al coloso del norte. Las deudas esclavizan de una u otra manera y a los poderes nacionales se les hace más difícil independizar las acciones. Las deudas atan con vínculos muy fuertes tanto a las comunidades como a los ciudadanos. Un país es independiente cuando tiene libertad de acción, no es tributario ni dependiente, algo muy difícil en la actualidad por la interacción entre naciones. Es que nadie actúa solo y la interrelación genera un efecto cascada en la economía. El financiamiento se debe pagar en tiempo y forma, aunque a veces sea extenuante porque hay deudas contraías que debe ser pagada por más de una generación. Gana el que presta y se subordinan de alguna manera quienes necesitan tomar un préstamo.

Falta saber cómo se utiliza el dinero y si valió la pena el crédito para favorecer a la ciudadanía.