
A determinada edad, se presume que hay que cumplir ciertos actos como imperativos inevitables, de lo contrario se incurriría en una especie de traición a la lógica.
Por allá, por los doce o trece años -si mal no recuerdo- comenzamos a imitar lo que hacían los más grandes. Casi todos fumaban. Entonces intentamos alguna pitadita; luego compramos un cigarrillo suelto y después, con gran esfuerzo económico, un paquete de alguna abominable marca de aquellas (creo que Meca), lo más barato que había, cigarrillo cortito y mal armado que apestaba. También vienen a mi memoria los Comander, Saratoga, American Club, los negros Imparciales, Particulares, y el híbrido 43-70, que eran los más económicos.
Bajo una de las tribunas de la cancha de básquet, frente a mi casa, aspiramos el primer humo, cuando la tarde encaminaba sus últimos pasos, y con ella paulatinamente dejaban de viajar las tortolitas y cesaban los clamores del partido de fútbol con la de trapo o alguna de cuero que no daba más.
La experiencia fue terrible: un gran mareo como para que comprendiéramos de arranque que cometíamos un acto. Luego el tiempo se encargaría de enseñarnos que con aquella primitiva travesura se podía cometer un pecado original de nefastas consecuencias. Hasta que un día de esos en que uno "la tiene clara", dije basta, y aquella tentación por imitar a los mayores cesó. Quizá en ese momento corté el cordón umbilical con la inmadurez.
El primer humo no me hizo hombre. Me allegó hasta el momento de las chiquilladas. De aquel gesto de supuesta hombría con el que ostenté durante mucho tiempo una chapa de experimentado, no quedó más que un disfraz con el que me introduje en la vida para defenderme vaya a saber de qué o parecerme vaya a saber a quién.
Bajo una tribuna de peldaños rústicos de la vieja cancha donde perseguí la de trapo y alguna que otra prestada de cuero, y me hice a imagen y semejanza de un tiempo con claroscuros (una buena y otra mala), un niño que felizmente me persigue, sigue imaginando "barriletes por sobre el nogal", pensando que no hay nada más importante que la justicia (darle a cada uno lo suyo); que los peores defectos son el desagradecimiento y la violencia, que nadie tiene atribución para quitarle la vida a nadie, que todo hombre tiene derecho a lo necesario para sentirse un ser humano digno; que "allá" hay una luz que es bueno que persigamos siempre, aunque estemos seguros que jamás alcanzaremos; que la espada de un inocente humo a veces nos defiende nadie sabe de qué, para que podamos parecernos nadie sabe a quién; pero que, al fin y al cabo, como algo que pudimos amar inocentemente, sin miramientos, alguna vez fue compañía.
