
Hablando con un amigo y contándole mi estancia en mi campestre hogar de Guandacol, en la provincia de La Rioja, y las costumbres de sus habitantes, me invitó a escribir sobre ello y dije "por qué no”, si tal vez podemos algo de sus vivencias rescatar y volver a imponer aquí, donde parece que lo irrespetuoso e impertinente vulgar es común.
Hay un pueblito enclavado al pie de los Andes, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, sobre un valle enclavado en la precordillera, habitado por nobles labriegos, gente trabajadora, amable y gentil, con costumbres sociales que parecerían haberse perdido en las grandes urbes y no tan grandes como es San juan. Curiosamente allí la gente despierta al despuntar el alba y comienzan con un cotidiano ritual criollo. Calientan el agua para luego tomar mate o hacer mate cocido para el desayuno, luego con su humilde ropa de trabajo se trasladan, entre el cacareo de gallos, el rebuzno de sus burros y el trinar de jilgueros, benteveos y gorriones, a esas diferentes fincas donde diariamente cultivan, cuidan y riegan las tierras, llevando el fruto de su esfuerzo a la mesa de ellos y de todo aquel que compra sus productos dados de las entrañas de aquel valle hermoso y tranquilo.
Que apacible se pasan los días, tardes y noches, cuando uno se sienta bajo el dintel de la puerta de su hogar y el pasar de sus transeúntes saludan, aunque no te conozcan, con un "buenas tardes” o simple "buenas noches”, ese pueblo que, como tal, su centro de convivencia social es su única plaza principal, allí donde convergen sus habitantes y con muy respetuoso gesto todos se saludan.
Cuantos códigos de valor y respeto el foráneo encuentra allí, entre ese gentío humilde, trabajador, sano y gentil, cuyas costumbres respetuosas, continúan intactas, como en épocas pasadas en nuestra gran ciudad urbanizada y más "civilizada”, al decir de muchos, pero con faltantes de aquello que vemos en ese pequeño poblado.
Allí donde la religión sigue siendo la guía moral de sus habitantes y donde la voz del "Padre Cura” sigue escuchada y respetada. El visitar la Iglesia pueblerina, muchas veces centenarias, donde los bautizan, casan y les dedican su responso final.
Allí donde las manos magras, aterciopeladas y con arrugas del tiempo y añejo trabajo, encienden velas al santito o santa, de su preferencia y se inclinan en respetuosa forma, ante las eclesiásticas tradiciones.
Allí donde la celeste y brillante bóveda se va oscureciendo y el habitante de esos lugares afirma, "ya comenzó la oración”, término que es utilizado como tiempo de encuentro entre amigos, vecinos o parejas, "nos juntamos a la oración”, ¿y por qué "oración”?, simplemente porque es el momento que en sus iglesias comienza a rezar el rosario católico.
Ay mi "Guandacol, lejano pueblito” que supo tener su canto, de lejos te extraño y añoro esas costumbres que hoy parecen haberse perdido en mi San Juan.
Por Jorge Reinoso Rivera
Periodista
