Debo confesar que, en aquel noviembre del 2020 la vida se detuvo por unos instantes. El diagnóstico me paralizó. El cáncer es una palabra que tiene mala prensa entre los mortales. Y tiene sus razones. Según la OMS, en 2020 el cáncer fue la principal causa de muerte en el mundo (casi 10 millones de defunciones, es decir, casi una de cada seis de las que se registraron)

 

Vivir con cáncer

Aún me resuenan las palabras del médico: "Es una suerte habernos encontrado nosotros con la enfermedad y no ella a nosotros". Eso fue suficiente indicador para entender la importancia de la prevención y la detección temprana. 

Después del diagnóstico, todo cambió en mi vida y pienso que fue para bien. Comencé por fijarme metas sencillas que ayudaran en este proceso. La primera consigna fue tratar de vivir agradecida por cada día que la vida me regala. Pero siempre con proyectos que me lanzaran hacia adelante. Se atribuye al filósofo griego Aristóteles, afirmar que la esperanza es el sueño del hombre despierto. Sin esperanza, transitaremos las etapas de esta enfermedad como dormidos, sin rumbo ni sentido. Mi lucha no es contra el cáncer. Más bien, intento luchar contra la desesperanza que nos deja indemnes ante la enfermedad. Puede que el cáncer me lleve a la muerte (o tal vez no) pero a la vida no me la pierdo, pensé para mis adentros. Al fin y al cabo, todos pasaremos una sola vez por esta vida. Ciertamente que todo ello se logra de la mano de la familia y de los afectos. El cáncer aflige tanto a quien lo padece como a su entorno. Sin lugar a dudas, un nuevo capítulo en la vida familiar y en el mundo de los afectos, empezará a inscribirse con la llegada del diagnóstico.

Haciendo las preguntas correctas

La segunda consigna fue tratar de hacer las preguntas correctas. No se trata de abrumar al médico indagando sobre la expectativa de vida (¿cuánto tiempo me queda?) Se trata de preguntarnos cuáles son nuestras expectativas en el tiempo que nos queda por vivir. Pienso que tampoco es correcto preguntar a Dios ¿por qué a mí? Desde la fe que sostengo y me sostiene, creo que todo lo que transite en este proceso en cuanto a la forma de asumirlo, aceptarlo y ofrecerlo, me llevará adónde tengo que ir. La pregunta correcta sería entonces ¿para qué? Es acerca de la finalidad del dolor, lo que me debe interpelar. Esta pregunta nos deja en la antesala del sentido del sufrimiento. Y ello, seguramente, arrojará luz en esta experiencia de enfermarse tan cargada de angustia e certidumbre.
Objetivamente, el sufrimiento acompaña a la humanidad desde siempre. Es consecuencia de nuestra condición creatural. Pero en su dimensión subjetiva, el sufrimiento es un hecho personal e intransferible que necesita ser hablado, ponerle nombre a las emociones que nos genera y hacer las preguntas de fondo. Todo ello va más allá de la terapéutica. El que enferma y padece es el yo personal, no solo el cuerpo. Recordemos que la persona es una unión sustancial entre un cuerpo material y el alma espiritual. Por esa misma unión sustancial, cuando el cuerpo se enferma, lo padece todo el yo personal. De allí que los nuevos paradigmas bioéticos entienden a la alianza terapéutica como un encuentro entre dos personas: el paciente y su médico. No es un médico por un lado y un colon con cáncer que debe ser tratado, por el otro lado. Es el médico y una persona con el colon enfermo. Eso vuelve más fraternal la relación médico-paciente.

Amigarse con el cáncer

Una tercera consigna, es amigarse con la enfermedad. No es sencillo, pero es un camino por el que debemos avanzar para pasar del enojo a la aceptación. El cáncer que habita en mi cuerpo, tiene mucho de mí, se alimenta de mí. Cómo no amigarme con aquello que, aun causando mi muerte, finalmente me puede llevar a la Vida. Desde esta perspectiva se va perdiendo el miedo a la muerte. La fe cristiana aporta esta visión trascendente al morir humano, tan necesaria en el momento final. Como enseñaba San Josemaría de Escrivá: "No morimos. Cambiaremos de casa, y nada más" (Camino, 744).

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo