El apotegma reza: "Di lo que hace falta, a quien le haga falta, cuando le haga falta". En la pretensión por construirse mejor en el instante siguiente, las sociedades no deben mostrarse como no son porque el sayo, cuando cae, viste a la intemperie y nos descubre vistiéndonos como somos. Hay momentos donde la sociedad, ante determinados hechos de dominio público, reclama la necesidad de una profunda autocrítica, de la que tanto hablan nuestras "dirigencias", sin conocerla en su verdadera y profunda dimensión.
La autocrítica debiera ser el modo común de toda reunión humana con fines nobles. En la acción política, por ejemplo, hace a su esencia y a la propia metodología de la acción. Su utilidad reside en que nos permite revertir situaciones difíciles y generar confianza entre los cuadros políticos en su relación propia, con los conducidos y también, lo que es muy importante, se genera una relación efectiva y de ayuda respecto del asesoramiento al conductor y a las distintas conducciones de los más diversos encuadramientos. En todos los hechos de la vida la autocrítica sirve para transformar conductas.
También ayudan a mejorar las cosas que se han hecho bien o medianamente bien. Creer que es un echarse culpas es un error. Creer que la autocrítica es poner en evidencia las cosas que no se hicieron bien o las que se hicieron mal, sólo contribuye a limitar la comprensión respecto del modo y fin de la misma. Un error en boga es producir "documentos de autocríticas" que se hacen conocer públicamente y que surgen de jornadas realizadas a las apuradas. Consecuentemente, no se contribuye a mejorar nada, pero sí ponen en evidencia la irresponsabilidad y el desconocimiento del método que sirve a la síntesis y el análisis. Mediante estos "documentos" se cree que pasaron por la fuente de la purificación y se arremete con todas las fuerzas hacia nuevas aventuras. Lo decimos así porque, no producir la autocrítica conforme a un método y a una concepción de valores, en estos casos, significa no tener ganada una nueva situación -en el caso del dirigente- que le permita recuperar el crédito o la confianza y encarar una nueva acción con posibilidades ciertas de éxito y de beneficio para el conjunto.
"La autocrítica rescata lo bueno y lo malo de toda acción política, permitiendo realizar positivos análisis de situación. Necesita de testigos comprometidos para recoger la validez del juicio presente y futuro. Debe ser una constante en los grupos humanos como instrumento idóneo para la superación individual y de conjunto".
El conductor tiene la misión de unir, lo demás viene por añadidura. Esto no siempre ha sido bien entendido por las dirigencias. Quien conduce no debe mentir y la única prédica capaz de organizar políticamente detrás de los grandes objetivos de una Nación, "es la prédica del ejemplo". Entonces, concluido un proceso eleccionario como el que ha vivido el país, es menester la autocrítica en vencedores y vencidos porque garantiza congruencia y recupera la confianza perdida desde el punto de vista individual. Sirve al conjunto porque desde los lugares estratégicos se puede producir el análisis de situación que indique un claro punto de partida; ayuda a la conducción estratégica, a los cuadros tácticos y al conjunto de afiliados en los distintos niveles de organización, para meditar la problemática inherente a cada parcialidad de la organización; facilita la unificación del mensaje y da lugar a una prédica o propuesta superadora; transforma conductas y cambia resoluciones; orienta para superar los fracasos y encauza las acciones, en el control genuino de los actos humanos para que no se perjudique el bien común; fija los marcos de la acción política y recupera la coherencia.
