
Ella recordó que él anotaba todo en una libretita tapas marrones, no más grande que la mano de un bebé. En su lomo guardaba un pequeño trozo de un lápiz Faber bien afilado con el que hacía sus anotaciones de domicilios, teléfonos y algunas impresiones muy personales. Posiblemente porque era el día de su cumple y él ya no estaba, es que le vino en cuento esa evocación que en muchas cosas lo representaba.
Miró por la amplia ventana que daba el mercadito, con las manos en los bolsillos del delantal. Sacó a relucir su almita, y con un borde de su utensilio compañero, estampado en rojos y amarillos, se secó las lágrimas que casi le borraban la fiebre de la calle.
Pasó un hombre con paso ágil y ella se lo imaginó a él en esa figura callejera. Pasó el afilador regalando escalas musicales delgadas y chillonas, y por ese desfiladero donde la mañana se adelgazaba en la rueda esmerilada descolgó sus recuerdos. Hasta que pasó un organillero con un monito al hombro, del que se imaginó con candor que su orquestilla viajera era pariente de las cajitas de música.
A pesar de los años transcurridos, conservaba la enorme cama matrimonial. No se imaginaba navegando las noches en otra cosa que no fuera ese velero común. Y allí continuó sintiéndolo a su lago, y en la imaginería afiebrada de sus sueños siguió encontrándolo en vericuetos exóticos que sólo los sueños pueden construir.
El domingo llegaron los hijos a compartir sus empanadas, como siempre. Ella no tuvo más remedio que contarles que su semblante no era el mejor porque había pasado una semana difícil. "Se me dio la locura de recordarlo, esta vez con más fuerza”. Nadie dijo nada; ¿para qué llenar silencios con palabras inútiles?
Les preguntó, uno a uno, si se acordaban de la libretita. Sólo el mayor la tenía en mente, pero le pareció que el recuerdo era trivial y no agregó nada que a ella le ayudara en sus cavilaciones, salvo que tenía la impresión de que su padre seguramente no la conservó y que, dada su conocida parquedad, se había escondido la decisión de descartarla.
Hasta que un día, tan sola como estaba, ella quiso acompañarse de los sones de la antigua cajita de música que tenía como estandarte una melodía de Chopin y a la que desde que él partió no escuchaba. Pero encontró trabada su manivela. La sacudió con preocupación y sintió que adentro le latía como un corazón crujiente. La destapó y vio con estupor que allí estaba guardaba la vieja libretita como un reservorio de vida. Repasar sus anotaciones consideró podía ser una profanación. Sólo la abrió en la primera hoja, donde encontró un bello poema que él le dedicaba. Desde un manantial de sollozos comprobó que la cajuela, al soltar sus sones trabados, retomaba los sueños de Chopin y la mañana se llenaba de pájaros.
Por Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
