Maduro sofocó lo poco que restaba de democracia. Desconoció al Congreso con un nuevo autogolpe, esos que el chavismo ha institucionalizado a lo largo de una revolución que nunca tuvo tracción. Hugo Chávez fue el máximo exponente de los autogolpes. Asestó cuatro: uno en 1999, su primer año, y en 2001, 2007 y 2010. Siempre se arropó con poderes especiales y leyes habilitantes para gobernar a su antojo, sin Congreso.
Maduro siguió el camino de su mentor contra las instituciones. A principios de año, apoyado por una Justicia esclava, evitó que asuma un grupo de diputados que a la oposición le significaban mayoría. Repudió leyes y el proceso legítimo de referéndum revocatorio; y ahora, con el Estado de Excepción y de Emergencia Económica, borró al Congreso proclamándose como el único legislador.
Estas medidas suspendieron las garantías constitucionales. La excusa es la de siempre, evitar el ‘golpe”. Esta vez sumó a Colombia, España y la OEA en esa conspiración internacional liderada por EEUU y los ‘gusanos de Miami”. Meses antes creó el Parlamento Comunal o ‘congreso del pueblo” para arrinconar a la ‘nueva burguesía opositora” instalada en la Asamblea Nacional.
La contradicción del chavismo entre las palabras y los hechos es abismal. Siempre diciéndose defender al pueblo, el régimen es el que más lo atropelló. En economía, Venezuela tiene la inflación más alta del mundo y escasez de todo, desde pan, cerveza, papel higiénico, electricidad, agua, salud e infraestructura. En política el sistema es oportunista y acomodaticio. A los disidentes los persigue. Siempre manipuló al pueblo como masa y lo arengó para reprimir a la oposición, ya sea mediante sistemas de vigilancia de vecinos contra vecinos o en masivas manifestaciones subsidiadas. Ahora, cuando el pueblo cambió de lado, simplemente le arrebató su derecho más preciado: el de reunión.
Reprimió a los líderes y ciudadanos que llegaron al Consejo Nacional Electoral para entregar más de un millón y medio de firmas, de las 200.000 necesarias para iniciar el revocatorio y para que el término presidencial baje de seis a cuatro años. La represión no necesitó ser tan férrea. El pueblo se dispersó rápido sabiendo que el abuso de poder es impune, como aquella en la que 43 estudiantes perdieron la vida.
A Maduro no le queda pueblo que lo apoye. No tiene una pizca de credibilidad y nadie lo respeta. El expresidente uruguayo, José Mujica, dijo que estaba ‘más loco que una cabra” al criticar su forma torpe de gobernar. El secretario general de la OEA, Luis Almagro, fue más lejos. Lo tildó de ‘dictadorzuelo” por desconocer al pueblo, al Congreso y advirtió que se le podría aplicar la Carta Democrática. Los dichos de Almagro resultaron agradables por venir de una institución a la que por muchos años se la apreció de ‘insulza”, en honor al apellido de quien la dirigía. El pueblo sabía que Chávez y Maduro no eran buenos administradores y desconfiaba que la ‘quinta república” sería la fórmula mágica prometida para redistribuir la riqueza. Pero calló por mucho tiempo debido a los subsidios y el clientelismo, moneda corriente que el gobierno usó para tapar robos, corrupción y escasez. En época de vacas flacas, con el precio del petróleo por el piso y produciendo el doble menos que hace dos décadas, se advierte que el chavismo desperdició sus mejores años exportando ideología en lugar de diversificar la economía.
