En España, el poderoso grupo "Podemos" lo invoca. En Grecia, el nuevo premier (desde el pasado 26 de enero) Alexis Tsipras, lo reaviva en su choque anti-Merkel. No digamos Cuba, Venezuela y otros socialismos que, renovados, beben de las fuentes del Capital. En breve tendrá lugar en Roma una jornada de estudio en una Universidad Pontificia donde se plantean estos temas. Nos preguntamos entonces: para muchos, ¿no fue suficiente la experiencia del siglo XX? ¿Vuelve Marx con nuevo maquillaje, quizá un Capital siglo XXI? La fuerza de la obra de Karl Marx radica en el tema económico. Resumo: los propietarios de los medios de producción son quienes poseen el capital. Los obreros aportan su trabajo. Pero lo ganado por el dueño es mucho más que lo producido, que en lugar de ir destinado a los trabajadores, va a parar a las arcas de los propietarios. Esa es según Marx y su teoría de la plusvalía, la base de la economía burguesa. El dueño del capital obtiene lo que ha invertido en el trabajo (ha arriesgado su capital) pero también obtiene una renta excedente que le permite ir acumulando cada vez más, mientras que los trabajadores nunca llegan a ser dueños de lo que están haciendo. Así, la riqueza no es producida por el capital sino por el trabajo de los obreros explotados.
Por ello propone la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Y, ¿cómo lograrlo, si nadie regala libremente su capital? Por medio de la ira, pero programada. Sistemática. Así, mediante la socialización forzosa de los instrumentos de producción (tierras, fábricas, capitales) la propiedad privada revierte a sus verdaderos dueños, los trabajadores explotados, pero en forma colectiva. Todo esto además, dentro de un marco teórico lleno de materialismo ateo, que deja sin el pan de la fe trascendente al mundo.
En los países donde se puso en práctica esa doctrina, o sea, la abolición de la propiedad privada, donde el Estado era el único capaz de planificar la producción y fijar retribuciones, empezando por el mapa de Rusia, el resultado no pudo ser peor. De hecho el mundo quiso salir de ello. Y hasta Benedicto XVI llegó a afirmar en Brasil en 2007: "El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas".
En la Unión Soviética, las libertades civiles que habían dado su sangre por las revoluciones burguesas del siglo XVIII se perdieron, pero la desigualdad continuó y peor que antes. Porque antes un trabajador podía ser despedido por un empresario avaro, pero podía encontrar trabajo en manos de otro empresario que lo reconociera en su habilidad laboral. En el comunismo autoritario, todo el que no se sometía al único patrón vigente no sufría sólo el desempleo y la hambruna, sino la cárcel, la persecución o los gélidos campos de Siberia. La nueva clase dirigente, el Partido Comunista, gozaba de todos los privilegios y prebendas en países realmente decadentes y empobrecidos. Y encima, con la violencia extrema de no poder expresar su ahogo ni remediar su asfixia por el exilio.
(*) Vicerrector de Formación de la Universidad Católica de Cuyo.
